El mercado del domingo

Como todos los primeros domingos del mes, al amanecer nos levantamos a toda prisa, cargamos las últimas cajas en el coche y nos dirigimos a Campello sul Clitunno. Nuestro destino no es ni la parroquia ni ninguna iglesia de la zona, sino el mercado de pulgas que se celebra cada mes en esta localidad.
Apenas llegamos, descargamos el coche y ya empiezan a llegar los primeros clientes. Un amigo tunecino viene a echarnos una mano para ser el primero en ver lo que hemos traído hoy. No hay tiempo que perder: rápido, rápido, nos instan a desembalar todo lo antes posible. A esta hora tan temprana, los que se agolpan a nuestro alrededor para ver qué «novedades» tenemos son nuestros propios vecinos de puesto. Dados nuestros precios tan bajos, incluso antes de que esté todo desembalado, unos y otros ya se «disputan» las mejores piezas. Más tarde nos encontraremos con una silla para niños, un cuadro o un adorno en su propio puesto, pero para nosotras es una forma de compartir lo que nosotras mismas hemos recibido. Esta carrera para desembalar, es a menudo el momento más exigente del día.
Además, siempre hay alguno de nuestros vecinos de puesto que se va a la cafetería a desayunar y nos pregunta qué queremos tomar… Podemos esperar entonces a los clientes más «habituales» …
Están los de siempre, a los que vemos cada mes, quienes cada vez compran algo, aquellos con los que simplemente intercambiamos noticias. Están, por ejemplo, Claudio y Giulia1, a quienes esperamos con ansiedad y con quienes nos alegramos tanto por su hija, que por fin quedó embarazada tras meses de espera.
Participar en estos mercados es para nosotras una oportunidad para conocer a la gente, para estar presentes en este lugar bastante alejado de la Iglesia. Es nuestra forma de participar en la «Iglesia en salida» que tanto deseaba el papa Francisco.
Cuando nos vieron llegar por primera vez, uno de los comerciantes pensó: «Ya está, ahora que hay monjas entre nosotros, pronto nos harán rezar el rosario», pero enseguida se tranquilizó al ver que nos gustaba reír y que nuestro deseo pasaba por otro lado.
Así, con una pareja que vende en el mercado, como nosotras, se ha forjado una verdadera amistad y han venido a visitarnos a la fraternidad para compartir un buen plato de ñoquis. Otro día, fuimos nosotras a ver su casa nueva.
También está esa familia con siete hijos a la que vemos a menudo. Nada más llegar, los dos más pequeños quieren venir primero a saludarnos. En diciembre vimos llegar a María, de diez años, que buscaba frenéticamente en nuestro puesto algo para regalarle a su hermano. Nos dijo en tono de confidencia: «Por favor, no le digas a mis hermanos lo que he comprado, es su regalo de Navidad». Otro día, uno de los mayores llegó con una maceta que acababa de comprar en el mercado y nos dijo: «He pensado en ustedes», y nos la regaló. Sus flores han encontrado lugar en nuestra casa, delante de la Virgen.
Desde hace varios años y en distintos lugares, recibíamos cosas que la gente ya no necesitaba; nos pedían ayuda para vaciar casas, y así fue como empezamos a frecuentar los mercados de pulgas.
Nuestros amigos y vecinos también se han puesto a pensar en nosotras… Así que hay que clasificar, a veces reparar, lavar y planchar lo que recibimos. Todo un trabajo que a veces nos mantiene ocupadas de un mes a otro.
También ocurre que nuestros vecinos del mercado nos traen lo que no consiguen vender. Últimamente hemos recibido montones y montones de botones… Los hemos clasificado, contado y separado para hacer paquetes de 10, 20 y 30. ¡Y la siguiente vez se agotaron todos!
Y, por nuestra parte, cuando no conseguimos vender ciertas cosas, se las damos a Steluza y Mariano, una pareja romaní que también vende en los mercados para mantener a sus hijos, que se han quedado en Rumania. Así pues, cada mes se desarrolla allí todo un intercambio, un trueque intenso, ¡y estamos encantadas de poder participar en él! Como las dos estamos jubiladas, hemos decidido destinar el dinero que ganamos en el mercado, al fondo de solidaridad de la Fraternidad para apoyar a nuestras hermanitas que viven en situaciones más difíciles y que no siempre cuentan con lo necesario para vivir.
La organización funciona a la perfección. Al final del día, solo nos queda volver a meter todo en las cajas y luego en el coche. Regresamos entonces a casa, cansadas pero contentas por el día que hemos pasado, por el trabajo realizado y por los encuentros vividos.
Las hermanitas Anna-Roberta y Anna-Sara


- Por respeto a la privacidad de las personas mencionadas, se han cambiado los nombres. ↩︎