La colina del Eterno

Hoy quisiéramos que conocieran la fraternidad de Kabarondo, en el este de Ruanda. Bienvenidos a nuestro barrio «la colina del Eterno» situado en la periferia de la ciudad. En kinyarwanda se llama “umosozi w’Uwiteka”. Aquí viven lado a lado personas que tienen una buena situación económica y otras que son materialmente muy pobres.
Vivimos en medio de ellos, cultivando y criando algunos animales. Las relaciones con nuestros vecinos se vuelven más fáciles cuando nos ven trabajando como ellos. Mucha gente pasa por nuestra puerta y viene a visitarnos. En otros momentos, somos nosotras quienes salimos y vamos a visitar a unos y otros.
Muy cerca de nuestra casa viven tres amigas ancianas. En nuestra cultura se les llama afectuosamente “abuelas”. Una de ellas viene regularmente a la fraternidad a comer. A otra, le llevamos comida de vez en cuando. Y a la tercera, vamos a verla todos los domingos para llevarle otro tipo de alimento también muy importante: la comunión. Su mayor alegría es recibir a Jesús en la Eucaristía. Conocemos a varias personas mayores que viven solas. Al visitarlas, descubrimos que sienten una soledad muy grande. A menudo están cansadas, a veces abandonadas y tienen una necesidad inmensa de una presencia, una palabra, un apoyo… A su vez, nos aportan mucho con su fe.
Una anciana mamá pobre nos regaló un pequeño saco de papas. Cuando le preguntamos por qué había traído hasta nuestra casa ese saco que era pesado, nos dijo que para ella era una alegría compartir su cosecha. ¡Qué generosidad tienen estas personas que viven en una cierta precariedad!
Aquí nos encontramos con personas de todas las edades, pero la amistad con los que ya son mayores trae consigo algo muy especial: está fundada en su fe en Dios. En sus conversaciones, evocan siempre a Dios.
Un día fuimos a ver a una señora mayor cuyo marido había fallecido. ¡Cuando nos vio, manifestó su gran alegría por recibirnos en su casa! Una de nosotras imaginó que su gozo debía ser parecido al de los pastores al ir a visitar al Niño Jesús cuando nació en Belén. Durante nuestra visita, era como si cantara el “Gloria a Dios”. Estos momentos son como confirmaciones de nuestra misión: la importancia de llevar la presencia de Jesús a los demás y sobre todo a los que viven aislados. Esa mujer nos compartió cómo vive su fe, y nos emocionó mucho a todas. Antes de volver a casa, cantamos juntas una canción al Espíritu Santo, seguida de una oración espontánea de acción de gracias. Ir al encuentro de las personas, sobre todo de las que están solas, les da vida, y somos así testigos de pequeñas resurrecciones.
No nos olvidamos de los niños. Cada año, por Navidad, les invitamos, y vienen numerosos por la tarde. Empiezan por visitar el Nacimiento y algunos rezan un poquito. Después bailamos y cantamos canciones de diferentes confesiones, ya que pocos de ellos son católicos. A continuación, les ofrecemos jugo de caña de azúcar, galletitas y caramelos. ¡Para ellos, es la alegría perfecta!
Con nuestros vecinos las relaciones son muy buenas, pero hay otras relaciones mucho más difíciles… ¡Los cuervos vienen a comer nuestro maíz y nuestros cacahuetes en el tiempo de la cosecha! Estos pájaros se pueden terminar todo el campo en un día, para nosotras es una gran preocupación…
En todo el país la vida está cara, y es difícil ganarse la vida. Nos impresiona ver lo inventiva que es la gente. Muchos, que tienen algunos recursos, hacen comercio, pero hay también muchos pobres. En nuestro barrio, algunos no tienen para comer, otros no llegan a pagar el alquiler, a los hijos de otros los echan de la escuela porque no tienen medios para pagar los gastos de escolaridad. Todo esto nos entristece.
Algunos pasan por la fraternidad pidiendo algo para comer o poder cocinar. Cuando es posible, compartimos lo que tenemos. Pero los días en que vienen tres o cuatro, a veces, tenemos que decir que no: Es muy difícil no poder responder a todas las necesidades, no poder ayudar como nos gustaría. Ellos, por su parte, no siempre comprenden nuestra negativa. Pero existe también toda la amistad de la que hemos hablado más arriba, que podemos vivir y dar sin contar, y que es un verdadero tesoro.
Aquí, en Kabarondo, podemos descubrir de verdad cómo nuestra misión no es solo “hacer” algo por los demás sino, sobre todo, “estar allí” por ellos, para escucharles, compartir y rezar. Aunque no podamos responder materialmente a todas las necesidades de los que nos rodean, siempre podemos ofrecerles nuestra oración y nuestra cercanía. Ponemos a cada uno de ellos en las manos de Dios, convencidas de que es Él quien consuela, quien levanta y quien cuida de cada uno y de cada una.
Las hermanitas de Kabarondo




