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Unos bombones…

Trabajo hace dos años en una lavandería industrial austríaca en Bratislava (Eslovaquia). Somos unas 120 empleadas. Es una lavandería muy moderna y la mayor parte del trabajo consiste en utilizar diferentes máquinas. Yo doblo a mano las batas, las sábanas con elástico, los camisones de hospital, etc., para enviarlas después a hoteles y hospitales.

Al principio quedé sorprendida por las pantallas instaladas en cada lugar de trabajo. Muestran en porcentajes, por medio de diagramas coloridos, la productividad de cada trabajador. Al lado hay cuadros que presentan las normas, es decir, el número de toallas, de fundas de almohada y de sábanas que se tienen que tender o introducir en la máquina en una hora. Desgraciadamente, estas cifras no tienen en cuenta las paradas debidas a las averías de la máquina o a otras situaciones imprevistas. Yo quería responder a las normas, ser una buena trabajadora, para no perder el empleo. Al mismo tiempo, quería también relacionarme con las personas, lo que es un poco difícil para mí que soy extranjera, (polaca) y tengo un acento distinto. El trabajo se hace muy rápido y hay poco tiempo para hablar. Sin embargo, muy pronto viví una situación que me hizo ver qué era lo más importante. Un día vi que yo era la única que no había terminado el trabajo, y que me tenía que quedar un rato más. No quería pedir ayuda para que las otras se pudieran ir. Las gitanas con quienes trabajo, viendo que yo no iba a conseguirlo, vinieron todas a ayudarme a terminar. Me mostraron que es posible encontrar alegría en el trabajo, no solo respetando una norma muchas veces exagerada, sino sobre todo en las relaciones y en el hecho de trabajar juntas.

Unos cuarenta hombres presos trabajan también con nosotras, les vigilan cuatro guardias y están controlados por cámaras de vigilancia. Al principio, el dueño nos fijó límites estrictos en nuestros contactos con ellos, llegando a prohibirnos cualquier conversación. Sin embargo, al cabo de algunas semanas, se hizo evidente que no era posible trabajar juntos de esa manera, y algunas conversaciones empezaron a desarrollarse entre nosotros.  Un día uno de ellos, Luke, me pidió, por la mañana temprano, que me acercara a él porque quería decirme algo importante. Me empezó a contar que había leído una Biblia ilustrada que alguien le había prestado. Le apasionaba el encuentro de Jesús con la mujer adúltera. Sobre todo, le impresionaba la actitud de Jesús de no juzgar a la mujer, y de no recurrir a la violencia contra las personas que querían lapidarla. La necesidad de Luke de no ser juzgado y de no utilizar la violencia contra el otro, me hizo tomar conciencia una vez más de la importancia de mi mirada sobre la persona con quien trabajo o vivo. A menudo, en nuestra prisa, podemos mirar al otro a través de sus defectos y sus límites, y no ver en primer lugar su persona.

Hay también mujeres de Ucrania que han sido acogidas por Eslovaquia como consecuencia de la guerra. Algunas empezaron a preocuparse: ¿Habrá suficiente trabajo para todo el mundo? ¿Reducirán el personal? Todos estos miedos crearon resentimiento y hostilidad para con las personas recientemente empleadas. Me hubiera gustado conocer mejor a las ucranianas, pero no era fácil porque trabajaban juntas en un grupo separado y sólo hablaban su lengua. Un día de verano, estábamos todas cansadas por la elevada temperatura que reinaba en la lavandería. No teníamos fuerzas para trabajar, nos ahogábamos.  En esos momentos, los caramelos vienen muy bien.  Así que empezamos a intercambiarlos, ellas caramelos ucranianos, nosotras caramelos eslovacos. Gestos sencillos, como dar un caramelo o una sonrisa, nos permitieron crear lazos en un entorno de trabajo agitado y difícil, y nos ayudaron a superar nuestros miedos.

El encuentro de Jesús con la Samaritana también está marcado por la sencillez, porque empieza por el pedido más sencillo del Señor Jesús: “Dame de beber” (Jn 4, 7). La simplicidad del encuentro entre dos personas, sin prejuicios, reticencias, miedos, etc., se convierte en la base de un verdadero encuentro.

Hta. Anna-Jana