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Un ramillete de flores

A petición nuestra, la hta. Dominica-Pascale se puso a contemplar su vida para compartirla con nosotras: ¡salió un ramillete de flores! Nos cuenta lo que ha brotado en su vida en los últimos años.

Primera flor. Actualmente vivo en Tubet, con un ritmo que me deja más tiempo para el silencio, la oración y la profundización en la Palabra de Dios; tiempo para profundizar en el «gusto» por las cosas de Dios que recibí el día de mi bautismo. Tenemos la suerte de contar con el apoyo de una hermosa Comunidad, en un ambiente de fraternidad pacífica, de emulación mutua, alimentadas por los intercambios en el plano de la Fe y por lo que cada una comparte de su experiencia de largos años vividos en otros lugares. Veo todo esto como un «cumplimiento» ¡y es una hermosa flor!

Otra flor es la del «asombro«: asombro ante la creación, ante los acontecimientos, pero sobre todo ante lo que Dios está sembrando en los corazones y en las vidas de las hermanitas y de los numerosos amigos y amigas con quienes estamos vinculadas. «Es hermoso«: creo que nací con esta palabra que Dios me dijo cuando nací y que sigue resonando cada día de mi vida.

Otra flor. A ésta le costó florecer y aún la siento en crecimiento: aprender a ser verdaderamente libre. Poco a poco, los «debería» y los «hay que» van desapareciendo para dejar paso a una aceptación más sencilla de los acontecimientos, de la vida; en mí y en los demás.

En mi ramillete, añadiría una última flor. Sí, es una flor hermosa: el declive de la edad con todo lo que conlleva de mayor debilidad, incluso de impotencia. De ahí brota algo nuevo: la benevolencia, la tolerancia, la ternura. Es también a través de la debilidad que, por la fuerza de las circunstancias, arraiga en mí un poco de humildad, esta humildad por la que tanto he luchado y que la vida me ofrece ahora como regalo: soltar.

Y luego tengo que admitir que atesoro, como un campo florecido, todo lo que he vivido en los últimos 52 años con mi pueblo de adopción: el pueblo chino. Sí, esa experiencia permanece en mí y regresa en agradecimiento y entusiasmo, como un fuego que arde en el corazón de cada una de nosotras.

Y así sigue. Mi barca sigue navegando. Está unida a la orilla por una cuerda que sujeta el mismo Jesús. La travesía no ha sido fácil: los vientos y las mareas pusieron a prueba mi barca. Hoy distingo más claramente a Jesús en la orilla, haciéndome señas y sujetando firmemente la cuerda. Es Él quien tira de la barca. Comprendo que sólo tengo que dejarle hacer hasta el momento del Encuentro… Entonces, saltando a Sus brazos, podré entregarle el ramillete que Él mismo ha hecho florecer.

Hta. Dominica-Pascale