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Tibhirine : una amistad de puertas abiertas

Hace exactamente 30 años, nos enteramos del asesinato de siete de los monjes del monasterio de Nuestra Señora del Atlas. Este don, estas vidas ofrecidas hasta el fin, no han dejado de interpelarnos. Aprovechamos la ocasión para decir algo más sobre la profunda amistad que unía a los monjes con las hermanitas que viven en Argelia.

El 20 de agosto de 1976 se abrió una puerta en mi vida y en la de la Fraternidad: Llegué con el arzobispo de Argel a ese monasterio perdido en el interior del Atlas argelino. Después de pasar por una carretera inolvidable, que sube del mar a la montaña, llegamos por un caminito de tierra hasta un muro. Un portón se abrió delante de nosotros. A cada lado se encontraba un monje: a un lado, el hermano Jean Baptiste, el prior de aquella época; al otro, el hermano Christian. Acogida calurosa. Estos hombres de oración irradian sencillez, humildad y alegría.

Ese día el portón se abrió para nosotras y nunca más dejó de abrirse, a lo largo de los años, para permitirnos entrar cada vez más en su vida. La amistad podía echar raíces en el don común de nuestras vidas a Dios y al pueblo argelino.

Muy pronto, sentí que este lugar podría ser un apoyo para nosotras. Nuestras fraternidades estaban esparcidas por todo el país. Estábamos diseminadas en grupos pequeños, de norte a sur, de este a oeste, en ciudades grandes, en medio del desierto o en tiendas con los nómadas, y a menudo éramos las únicas cristianas sumergidas en el seno de ese pueblo musulmán.

Se nos presentaban retos muy grandes: construir la comunión no solo entre nosotras, mujeres muy distintas por nuestros orígenes, sino también con las personas con quien estábamos llamadas a vivir. Para llegar a ser amigas, hermanas de personas tan “otras”, teníamos que empezar por implicarnos en la búsqueda de comunión entre nosotras a través de todas nuestras diferencias. ¿Cómo vivirlo?

Yo presentía que los monjes caminaban, también ellos, por este camino. Enraizados en la vida contemplativa, deseaban ser cercanos a la gente del país, no solo a través de la oración sino también por su estilo de vida.

Un año más tarde, cuando la casa que alquilábamos para huir de los calores del verano dejó de ser un lugar seguro para nosotras, los hermanos nos buscaron una solución. Aún les veo llegar, después de un discernimiento en común, con sus grandes sonrisas, proponiéndonos un espacio de su monasterio que ya no utilizaban, para que viviéramos en él cuando lo necesitáramos. No sabíamos cómo agradecérselo… nos invitaron a trabajar para preparar nuestra nueva casita. La obra empezó, con los hermanos y las hermanitas mano a mano. Nos acogían a su lado, no solo en la oración, sino en la intimidad cotidiana.

Su “silencio” hablaba y los gestos de proximidad eran frecuentes y múltiples. Compartir la oración cinco veces al día, oír como cada uno se entregaba sin esconder sus dudas y sus combates en la oración universal, ser testigos del compromiso de cada hermano en su trabajo, prestarse pequeños servicios mutuos, encontrar delante de nuestra puerta un postre (cuando teníamos un aniversario) o las primicias de su huerto… todo esto nos hizo descubrir a personas de mucha humanidad que sabían cuidar los acontecimientos de la vida. Nos descubríamos una misma misión: orantes en medio de otros orantes, buscadores para construir la Fraternidad.

El hermano Luc, como médico, curaba a mucha gente y esto les unía a la población. Pero, al compartir con el hermano Christian, yo escuchaba su deseo personal de buscar la cercanía con este pueblo, no solo a través de los servicios ofrecidos (cuidado de los enfermos…) o el trabajo en común (agricultura…), sino también a través de una búsqueda espiritual que les permitiera crecer juntos en humanidad y en fe.

Seguimos también todas sus búsquedas para adaptar más su liturgia e insertar poco a poco en ella la lengua árabe. Les acompañamos en este camino, dándoles a conocer a numerosas personas que nos ayudaban también en este sentido.

También asistimos al nacimiento del grupo “Ribât-es-Salam”, el vínculo de la paz, fundado por el hermano Christian y por Monseñor Claude Rault. Varias de nosotras participaban también en este grupo en el que cristianos y musulmanes se encontraban para rezar y compartir.

Más tarde el cielo se oscureció, la violencia se apoderó del país. Era el terror. Se amenazaba a los extranjeros, y se les intimaba a que salieran del país. La cuestión de todos era: ¿irnos o quedarnos?

Los hermanos, como todas las comunidades presentes, atravesaron un largo camino de discernimiento, hecho de escucha pero también de dudas y de conflictos. Finalmente, decidieron, todos juntos, quedarse, al precio que fuera. Efectivamente, ¿cómo abandonar a esa población con la que habían tejido, día tras día, lazos de amistad, una alianza?

Recuerdo las palabras del hermano Christian cuando hizo los votos perpetuos: para él, se trataba de hacer “profesión de amar”. Esto es lo que vivió, con sus hermanos, hasta el fin de su vida, y que hoy continúa dando fruto más allá de su muerte.

Treinta años más tarde, la muerte no cerró la puerta de nuestros corazones, al contrario. Crecimos juntos en tierra de Islam, y le debemos mucho a su amistad. Aún hoy, cuando abrimos nuestros corazones al otro, cuando elegimos continuar cercanas a aquellas y aquellos en medio de quienes vivimos… me parece oír su llamada silenciosa: haced, también vosotras, profesión de amar.

Hta. Franca

Artículo escrito a partir del testimonio de Hta. Franca en el libro “Tibhirine, Caminos de Fraternidad, Vol 4” escrito por Marie-Dominique Minassian.