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La perla preciosa

Estas palabras que me dijo una hermanita la primera vez que visité la Fraternidad en Zagreb, hicieron que algo se moviera en mi corazón. Sentí que había encontrado lo que buscaba. Pero el camino que tuve que recorrer para encontrar esta « perla” no fue nada fácil.

Procedo de una familia  creyente, a pesar de que en Eslovenia (ex república de la antigua Yugoslavia) el comunismo era muy fuerte, y más aún en Maribor, la ciudad obrera donde nací.

Mi fe se debilitó. Los otros alumnos de la escuela donde estudiaba eran casi todos no creyentes. Sin embargo, creo que en cada uno de nosotros había una búsqueda del sentido de la vida y de los verdaderos valores. Personalmente, los busqué en los libros, en la naturaleza, en la música, en las fiestas…

Al descubrir más adelante al hermano Carlos me encontré retratada en sus palabras: “yo organizaba las fiestas, pero llegado el momento, las pasaba sin hablar… con un aburrimiento infinito… Dios mío, así que era un don tuyo… qué lejos estaba de adivinarlo…”

Experimenté a Dios de manera más profunda en los libros de Dostoïevski. En una de sus novelas leí por primera vez esta frase del Evangelio que me afectó mucho: “Quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará…”. No comprendí el sentido de estas palabras, pero sentí que detrás de ellas había un “más allá”. Y me puse a buscar.

El camino no fue fácil, pero la inquietud de mi juventud me llevó finalmente a Taizé… donde encontré lo que buscaba. Dios me tocó profundamente durante las oraciones, los cantos de Taizé y el encuentro con su fundador, el hermano Roger. Dios empezó a ser para mí una persona, y en Él descubrí finalmente las respuestas a mis preguntas.

En Taizé oí por primera vez hablar del hermano Carlos y de las hermanitas de Jesús, comunidad que no existe en mi país.

“En cuanto creí que Dios existía, comprendí que no podía hacer otra cosa sino vivir solo para Él”. Esta frase que leí algunos años más tarde en los escritos del hno. Carlos resume bien mi experiencia, mi propia vocación. La fuerza de este Encuentro me condujo a la Fraternidad.

Estas palabras me han acompañado a través de mi vida de hermanita. Sí, la vida de oración, la intimidad vivida con Jesús en lo cotidiano, en comunidad, en las relaciones gratuitas con la gente…

Al principio, tenía el deseo de trabajar en una fábrica, de ir así al encuentro del “proletariado” del que tanto hablaba el comunismo. Trabajé en cadena en una fábrica que producía lavadoras y estufas. Era una de esas enormes fábricas muy características del tiempo del comunismo, con varios millares de obreros y naves grises, muy grandes, en Zagreb (Croacia). Al principio me costó mucho, había que trabajar deprisa, pero poco a poco me acostumbré y me fortalecí.

¡Un monje cartujo me dijo que este trabajo era para mí la mejor formación! Al principio no comprendí qué quería decir… Pero luego descubrí que era verdad: levantarme temprano por la mañana, el camino hacia el trabajo en un autobús abarrotado, el trabajo físico, las conversaciones sencillas con las obreras, la mayor parte de las cuales estaban lejos de la Iglesia… Sí, creo que esto me formó y me ayudó para que mi fe no se quedara “por los aires” sino que se volviera concreta.

Mirando atrás, me doy cuenta de que la Fraternidad me ha dado también la gran posibilidad de encontrar hermanitas y otras personas de diferentes culturas y naciones, tanto en el tiempo de formación como en el día a día de nuestras comunidades, y en los sitios donde fui pasando debido a los servicios que me fueron confiados. Esto ha abierto mi corazón y ha ampliado enormemente mi mirada sobre la vida.

Estas palabras me hablan cada vez más profundamente, 43 años después de mi entrada en la Fraternidad.

Una vida con la mirada fija en Jesús, en una simple presencia y apertura a toda persona, con una atención especial a los más pequeños: ¡este “Nazaret eucarístico”, podemos vivirlo hasta los últimos días de nuestra vida!

La Fraternidad es ahora más frágil, y yo también me voy haciendo mayor, pero estoy muy agradecida al Señor por la perla preciosa que encontré.

Hta. Sonja-Marija