Las «tres hermanas»

Hace un año llegaron a Montreal tres hermanitas: una ruandesa, una alemana y una india, para comenzar juntas una nueva comunidad. Tres hermanitas de tres continentes diferentes para vivir en un cuarto continente que no es el de ninguna de ellas… ¡una aventura sagrada, de la cuál la hermanita Magdalena debe estar encantada, allá arriba!
Hoy hemos dado los primeros pasos. Ahora sabemos cómo vestirnos en invierno, cómo caminar sobre la nieve y cómo usar algunas expresiones quebequenses. Nos sentimos a gusto en nuestro barrio y en esta hermosa ciudad de Montreal. Pero más importantes que las piedras y los edificios que hemos aprendido a conocer, son las relaciones que se tejen con nuestras hermanitas, con la parroquia, con las personas que se cruzan en nuestro camino y que nos llenan el corazón…
Para entrar en contacto con la gente del barrio, cada una ha encontrado un grupo de voluntarios, dedicados en diferentes ámbitos. Una de nosotras participa en un grupo que invita a las personas sin techo, una vez al mes, a una sala de la parroquia para compartir una buena comida, y otra lleva bocadillos preparados con antelación a diferentes estaciones de metro donde se encuentran personas que viven en la calle. La jardinería en el huerto comunitario cercano a nuestra casa es también una oportunidad para cultivar la tierra con otras personas y cosechar los frutos del trabajo realizado en conjunto. Una de nosotras también acompaña al médico a las hermanas enfermas de diferentes congregaciones.
Justo al lado de nuestra casa, en la casa parroquial, viven doce jóvenes. Es conmovedor oír el nombre de alguna de nosotras cuando nos llaman en la calle. Se reúnen con regularidad y nos han pedido que animemos su velada de oración una vez al mes en torno al hermano Carlos de Foucauld. Para nosotras es una buena ocasión para buscar la manera de presentarles la riqueza de nuestra espiritualidad.
Por supuesto, a través de todo esto, se tejen amistades. A través de estas relaciones concretas, descubrimos más a fondo este lugar donde vivimos y también nuestra Iglesia local.
Otra perla preciosa, que vivimos juntas al descubrir este país y su gente, fue la visita al santuario de Santa Kateri Tekakwitha. Fueron nuestros amigos Pía y Brian quienes nos invitaron a acompañarlos allí con motivo del 13º aniversario de la canonización de Kateri. Así que nos fuimos con ellos a Kahnawake, una reserva donde residen los indígenas de la nación Mohawk (una de las naciones iroquesas), cerca de Montreal. Kateri es la primera mujer amerindia de América del Norte que ha sido canonizada por la Iglesia. Por eso nos alegramos de tener la oportunidad de conocer un poco más a esta santa y a su pueblo.
Nada más al entrar en el pueblo, los cambios saltan a la vista: se descubre otra forma de construir las casas. Era mediados de octubre y el otoño había teñido los árboles de sus colores más hermosos: el sol que nos acompañaba los hacía brillar con mil destellos.
La misa fue celebrada por el nuevo vicario nigeriano, un sacerdote muy dinámico, que tiene el deseo de aprender las oraciones en la lengua de los Mohawks. Durante la misa, en lugar del rito de penitencia, vivimos un rito de purificación. Un jefe Mohawk quemó salvia y con una pluma, dirigió el humo hacia las personas, que lo recibieron con las manos abiertas y luego se las llevaron a la cara.
Para el ofertorio se llevaron maíz, frijoles y calabazas, también conocidas como las «tres hermanas», en referencia a un método ancestral indígena de cultivo asociado, en el que las plantas se ayudan mutuamente. El maíz sirve de tutor, el frijol enriquece el suelo con nitrógeno y la calabaza cubre el suelo, conservando la humedad y limitando las malas hierbas. La misa también estuvo acompañada de diferentes cantos en lengua Mohawk. Después de la misa, rezamos ante la tumba de Kateri y visitamos un pequeño museo que narra su historia y la cultura de este pueblo autóctono.
Más allá de estos momentos fuertes, cada día seguimos conociéndonos mejor, ya que cada una de nosotras ha llegado aquí con su propia cultura y trayendo consigo su historia personal. Al encontrarnos en un continente que no es el nuestro, nos sentimos invitadas a abrir nuestros ojos, nuestros oídos y nuestros corazones para acoger a las personas y las situaciones en sus realidades, y a dejar atrás las referencias de lo que conocemos, a nuestra propia experiencia. Esperemos que también nosotras, como el maíz, los frijoles y las calabazas, podamos ser esas «tres hermanas» unas para otras: que nuestras diferencias nos enriquezcan y permitan a cada una ser plenamente lo que es y crecer cada vez más.
hermanitas Anitha, Karolina-Mukakagina y Regina-Bernadette
