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Cuando el ukwa es una fiesta

En nuestra fraternidad de Awka, en Nigeria, hay varios árboles grandes que velan en silencio. Los llamamos ukwa (árboles de pan africano). Están allí, familiares, casi ordinarios… pero sin embargo llevan en ellos una promesa de fiesta.

Porque aquí, cuando se sabe que habrá ukwa para comer, algo despierta en todos: aparecen sonrisas en los labios y la boca se nos hace agua. ¡No se tienen en cuenta dietas, todas las generaciones se alegran, pequeños y grandes!

Esta comida es símbolo de honor, de respeto y de hospitalidad. Su preparación exige mucha paciencia y atención. No hay que precipitarse, porque para pasar del árbol a la mesa se necesita mucho trabajo. Es por esto que no es una comida ordinaria, sino que anuncia días de fiesta.

Hoy, por ejemplo, es sábado por la tarde, la limpieza se acabó, todas estamos en casa, incluso las hermanitas que trabajan fuera. Es que para preparar este plato se necesitan todos los brazos.

La primera etapa es fácil y tiene lugar en las semanas anteriores. Cuando están en su punto, los frutos caen por sí mismos. Verdes, pesados, aún cerrados, los recogemos y los dejamos reposar. El tiempo hace su cometido: poco a poco, se vuelven tiernos, dispuestos a entregar lo que esconden. Entonces empieza el verdadero trabajo…

Los recogemos todos y los lavamos una y otra vez para extraer todas las semillas, hasta las últimas. Se nos escurren por las manos, es un trabajo lento y repetitivo, hasta que los granos estén completamente libres de todo lo demás.

Llega la hora de hervirlos una primera vez para poder quitarles la piel que aún los recubre. Parece fácil, pero es una operación delicada, que de vez en cuando nos sale mal. Si quitamos los granos demasiado pronto, quedan negros, oscuros, y las pieles no se irán en la etapa siguiente. Si los dejamos unos segundos de más, los granos, demasiado cocidos, se aplastarán en vez de entregar su secreto dejándose mondar. Parar la cocción en el momento adecuado es todo un arte. Menos mal que algunas hermanitas son ahora expertas y podemos contar con su pericia: saben observar y percibir el momento justo.

Después pasamos las simientes por una máquina que nos permite pelarlas y quitar las pieles, pero no quedan aún escogidas. Las dejamos unos minutos al sol, lo ponemos todo en grandes platos redondos, que cogemos con las manos para hacer salir las pieles dejando que los granos se queden dentro, con un movimiento hábil de los puños. Finalmente, nuestras manos terminan el trabajo y nos permiten quitar las pielecitas que se esconden aún en medio de los granos.

Ya os habréis dado cuenta que somos varias en la casa, felizmente. Algunas se ocupan de pelar, otras escogen y quitan las pieles… todo el mundo tiene su lugar. ¡Ocio y trabajo, todo se mezcla! Estamos juntas, contamos historias, nos reímos…

Si llega una visita en ese momento, la persona que llega no se queda como espectadora por mucho tiempo. Muy pronto mete las manos en la masa. Y luego, como es natural, tendrá su parte.

¿Será este trabajo común donde todos son necesarios que le da al ukwa su sabor único?

Terminada esta etapa, cocemos aún los granos durante 45 minutos. Nada se pierde, todo se guarda. Con el jugo del hervido, que es muy rico, se hace una sopa que nos terminamos en un instante y que nos alegra.

Cuando se está acabando de cocer, se preparan os aliños, cada cual tiene su receta: se come con pescado, con hierbas amargas, con maíz… Las preparaciones son un poco distintas unas de otras, pero les gustan a todos los que las prueban. Y cuando por fin la comida está en la mesa, ya no hay diferencias ni preferencias: todas estamos reunidas alrededor de un mismo plato, de una misma alegría. En nuestra tierra, comer juntos y ofrecer el ukwa a alguien es obsequiarlo, acogerlo, darle las gracias, comulgar en una misma alegría. ¿Tal vez sea ya la anticipación del banquete mesiánico?

Nos alegramos también porque regularmente hacemos todo este proceso, no para nosotras, sino para vender el producto acabado. Es una manera de ganarnos la vida con nuestras manos. La gente lo aprecia y un sacerdote amigo, cuando nos ve llegar, suele decir: “¡Aquí está la comisión breadfruit!”. Este apodo afectuoso nos da risa…

Nous nous réjouissons d’autant plus que régulièrement nous faisons tout ce processus, non pas pour nous, mais pour vendre le produit fini. En effet, c’est pour nous une manière de gagner notre vie par le travail de nos mains. Les gens apprécient et un prêtre ami, quand il nous voit arriver s’exclame souvent « voilà la commission breadfruit » ! Ce petit surnom affectueux, nous fait rire.

A veces, al preparar este plato que lleva tanto tiempo en realizar, nos preguntamos: ¿Cómo hicieron los que nos precedieron para descubrir una receta que exige tanta paciencia y precisión para llegar a semejante delicia? No lo sabemos. Pero sabemos que poseemos un saber que tenemos que compartir a nuestra vez.

Las hermanitas de Awka con hta. Maureen