Cosechar donde no se sembró

Este año celebramos 50 años de la presencia de la Fraternidad en Filipinas. Para celebrar este aniversario, nos pusimos en marcha interiormente, y también muy concretamente. A lo largo del año, organizamos distintos momentos fuertes en los diferentes lugares donde habíamos vivido. Esto nos ha conducido por un camino hecho de memoria, de gratitud y desde luego de encuentros y de reencuentros.
Volvimos pues a los lugares donde vivimos, rezamos, trabajamos, compartimos lo cotidiano con personas muy numerosas. Entre otras etapas, pasamos un fin de semana en Boso-Boso, en Antipolo (Rizal), donde algunas de nosotras vivieron entre 1980 y 1990. Allí encontramos a amigos, antiguos vecinos, caras conocidas y otras nuevas.
Algunos encuentros fueron breves, por el camino; otros se prolongaron alrededor de una comida o en medio del campo. Los arrozales de antes han cambiado. Algunos espacios se han convertido en urbanizaciones. Pero algo permanece en lo más profundo: los lazos tejidos a lo largo de una vida compartida.
Fuimos acogidas con los brazos abiertos. Unos y otras sentíamos mucha alegría, signo de este lazo que los años no han roto. Como se abre la puerta a uno de los nuestros, una familia nos abrió la casa de otro amigo fallecido recientemente para que pudiéramos instalarnos durante nuestra estancia.
Rezamos con la gente, cantando las canciones que nos gustaba antiguamente cantar juntos. En nuestra oración tuvimos presentes a nuestros amigos, a sus familias, a los que ya partieron al encuentro del Padre, y que habían hecho parte de nuestro camino de manera tan cercana…
Los Padres Camilos, que están hoy presentes en Boso-Boso, nos acogieron como sus hermanas mayores, las primeras que vivimos en esta comunidad, anteriormente aislada y olvidada. Con gran sorpresa, recibimos el regalo de una preciosa imagen de María de la Anunciación, que llaman aquí “Inay Ciata”.
Al pasear alrededor del antiguo tumana1, los recuerdos volvieron: la vida rural, los días sencillos, el trabajo de la tierra, la solidaridad, las comidas compartidas… Hablando de comidas, nuestros paladares no fueron olvidados. Nos alegramos de poder utilizar las verduras acabadas de recoger para preparar nuestra comida. La preparación de la especialidad tradicional llamada nilupak, hecha con yuca machacada y otros ingredientes locales, despertó en nosotras muchos recuerdos. Reavivó en nosotras gestos antiguos y todos esos momentos alrededor del mortero tradicional donde machacábamos juntas la yuca durante las fiestas en el pueblo.
Después de hablar con nosotras de la vida del campo, con sus retos y sus alegrías, el amigo que nos acogía nos llevó al terreno donde crece su maíz, y nos invitó a cosechar lo que no habíamos sembrado. Este sencillo gesto se convirtió para nosotras como en la parábola de este año jubilar: ¡maravillarse de todo lo que ha continuado creciendo, sin que nosotras lo supiéramos, en estos 50 años de vida compartida en diferentes lugares del país!
Volvimos a casa con los corazones repletos de gratitud, y también con bolsas llenas de los dones de la tierra: fruto del trabajo de los hombres y de la bendición de Dios.
¡Nos conmovió descubrir que ninguna de las semillas sembradas en la discreción durante estos años se había perdido! Es para nosotras un signo de que la Buena Noticia se encarna verdaderamente en la vida ordinaria. Esos diez años en Boso-Boso fueron una experiencia fundante que modeló nuestra manera de vivir la espiritualidad de Nazaret en este país: hacerse cercanas de la gente “olvidada”, compartir su vida, enraizarse en la amistad, la sencillez y la alegría.
Después de esta visitación recíproca, continuamos el camino con el corazón lleno de alegría, confiando nuestros amigos a “Inay Ciata”, María de la Anunciación, pidiéndole que continúe acompañándonos en los caminos futuros.
Las hermanitas de Filipinas
- En tagalog una parcela de tierra agrícola fértil ↩︎

