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De la familia de Jesús

Antes de mi nacimiento, mis padres ya habían tenido cuatro hijos, pero tres de ellos murieron cuando eran muy pequeños. De estos cuatro, sólo les quedaba una hija, mi hermana mayor. Por eso cuando nací, para protegerme, mis padres no me quisieron dar un nombre. Así la muerte no podría venir a buscarme, llamándome por mi nombre. Los vecinos me llamaron «Nzabanita», que significa en ruandés «la que recibirá el nombre más tarde».

Fui a una escuela de monjas y creció en mí el deseo de ser religiosa. Me sentía atraída por esa vida, pero sabía que no iba a ser con esas hermanas. Habían despertado el deseo en mí, pero ahora tenía que encontrar dónde podría vivir la aspiración que crecía en mí. Hablé con el cura de mi parroquia, confiándole mi deseo de una congregación donde la oración fuera importante, pero que al mismo tiempo fuera cercana a la gente. Este sacerdote me habló de las Hermanitas de Jesús. Enseguida me agradó ese nombre: ¡eso de ser la hermanita de Jesús, ser de la familia de Jesús, me gustaba!

Sin embargo, cuando descubrí por primera vez la Fraternidad en 1974, no fue tan sencillo. A primera vista, esas hermanas no me atraían: me pregunté incluso si eran verdaderamente religiosas, así vestidas con su velito azul en la cabeza y no los largos velos blancos de las monjas que yo conocía. Tenía la impresión de que lo de ellas no era muy serio… Pasé algunos días con ellas, me hablaron de la Fraternidad y tuve la ocasión de verlas trabajar, cocinar y realizar todos los trabajos cotidianos. Eso no me parecía muy difícil…

Me hablaron mucho de una tal hermanita Teya que iba a llegar y que era consejera general. Yo no comprendía absolutamente nada de lo que eso quería decir. Además, como no había oído nunca ese nombre, estaba segura que era una hermanita europea más. Pero fui con las hermanitas hasta Butare para ese encuentro y tuve la alegría de descubrir a muchas hermanitas, algunas de las cuales eran jóvenes. Hablar con ellas me daba alegría.

Al llegar, intenté comprender quién era esta hta. Teya de quien me habían hablado tanto, la buscaba entre las europeas que estaban allí. Pero cuan grande fue mi sorpresa, cuando me presentaron a una hermanita africana, ruandesa, ¡que incluso tenía la piel más oscura que la mía! Habló conmigo y sentí que el deseo de ser hermanita crecía en mí. Aunque no pude participar en su reunión, me sentía feliz de verlas. Y aunque en nuestra cultura, en aquella época, no tener hijos y ser religiosa era visto como estropear la vida, yo pensé: “si todas estas mujeres se hacen religiosas y parecen felices, es porque hay algo allí también, hay algo hermoso en su vida.»

Entonces me armé de valor para hablar con mis padres. Me miraron y, después de un poco de silencio, mi papá me dijo: “tal vez por esto no te moriste”. Como Ana con Samuel, estaban dispuestos a ofrecer su hija al Señor.

Finalmente, el 2 de junio de 1975 entré en la Fraternidad. ¡No puedo olvidar esta fecha! Poco a poco, descubrí que éramos una congregación internacional, que debía “estar dispuesta a ir hasta el fin del mundo”. Era mucho para mí, estar dispuesta a dejar a mi familia, mi país e ir hasta el fin del mundo, pero por raro que parezca, no me asustaba.

Y hoy, después de casi 50 años en la Fraternidad, continúo viendo cómo lo que vivimos es un tesoro, sobre todo nuestra vida fraterna. No vivimos como ángeles, tenemos encontronazos, hay obstáculos, pero nos pedimos perdón y la vida continúa. Además, tenemos la alegría de estar juntas, vivimos momentos de fiesta, la felicidad de hacer pasteles u otra cosa de buena cocina que alegra a las otras…

Con la edad, no tengo la misma fuerza, la misma energía, pero lo que no cambia es que me gusta reír y hacer bromas. Me viene solo, es espontáneo en mí y me ayuda a atravesar muchas situaciones, a veces delicadas.

Hta. Skolastika