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Lo que queda cuando todo se derrumba

Tenemos una fraternidad en Alepo hace muchos años. Estos últimos meses no hemos estado allí, pero después del terremoto, en cuanto fue posible, las hermanitas Diana María y Carol fueron para visitar a los amigos y vecinos. Esto es lo que comparten con nosotras a su regreso al Líbano:

“Acabamos de volver de Alepo.

La mejor palabra que nos viene es el silencio, silencio ante un pueblo herido, silencio ante una ciudad devastada, un pueblo aplastado, desorientado, lleno de miedo, un pueblo que se siente perdido, abandonado, olvidado por Dios y por los hombres y mujeres. El terremoto se añade a años de guerra, de sanciones económicas, de pobreza y de sufrimientos. Unas casas han quedado destruidas, otras agrietadas, otras se mueven y corren el peligro de desmoronarse de hoy para mañana. También los corazones se encuentran destruidos, agrietados, vacilantes, con el riesgo de sucumbir de un momento a otro. Muchos países han invertido en enviar ayudas para restaurar las casas, para construir otras, pero ¿cómo hacer para restaurar las personas, para reconstruir el hombre interior?

Al lado de esto, hemos podido tocar la humanidad de este pueblo, la ayuda mutua, el ecumenismo, el compromiso de todos para el bien de todos. Todas las Iglesias (católicas, ortodoxas, protestantes), así como todas las mezquitas abrieron las puertas para acoger en sus grandes salas a gente de todos los ritos y confesiones sin distinción, distribuyendo colchones, mantas y comida. Un sacerdote católico nos contó que el obispo ortodoxo le había llamado para decirle: “He recibido un cierto número de mantas y me sobran, ¿quieres algunas? – Sí, mándame diez mantas; yo tengo aquí al equipo de scouts que cocinan todos los días, están dispuestos a aumentar la cantidad para enviaros platos calientes…” Para mí, el trabajo ecuménico más fuerte se concreta hoy, en el terreno.

Otro sacerdote decía en su sermón: “Tengo ganas de decirle al Señor: guerra, pobreza, sufrimiento, víctimas, guerra económica, embargo, situaciones difíciles, retos de todo tipo, terremoto… ¡ya basta, Señor, ya basta! Y oigo que el Señor me contesta: ¡de Alepo voy a hacer que salgan santos!”

El 20 de febrero, después de un día muy intenso, en el que visitamos un centro de refugiados y algunos de nuestros vecinos, vivimos también nosotras un terremoto de 6,3 grados hacia las 20 hs. Bajamos a la calle, como todo el mundo. Ver a toda esa gente que corría, que lloraba, que temblaba, los coches y los autobuses abarrotados, las bocinas; el estrés y el miedo a nuestro alrededor eran contagiosos. Fue necesario que experimentáramos esto para comprender lo que habita en los corazones. Nos quedamos en la calle desde las 20 a las 23 hs con todo el mundo, impresionadas al ver como la gente se daba ánimo y se consolaba mutuamente. Para reconfortarnos, una mujer musulmana vino a ofrecernos una galleta. A medianoche nos fuimos a casa, a dormir en nuestra cama, diciéndonos, como todas las noches antes de acostarnos:  تصبحي  على خير  (Deseo que te despiertes con salud). Esta expresión, esa noche, cobró todo su sentido.

Ahora, lo único que podemos hacer es confiar la ciudad de Alepo, Siria y Turquía al Señor, para que envíe su Espíritu a restaurar los corazones destrozados, enternecer los corazones endurecidos, iluminar las conciencias de los grandes y poner paz en nuestros países”.

Htas Carol y Diana María