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Menos café y más verdad

Rosalba Manes, biblista, vino a Tre Fontane para leer con nosotras el texto de la Samaritana. «¿Qué podrá decirnos de nuevo sobre este texto que ya conozco tan bien?” se preguntó la hermanita Marianna.

Cuando Rosalba se detuvo en el pasaje «llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,23) y a partir de ahí nos habló de la idolatría, sentí que dábamos un salto hacia algo muy profundo. Para mí, se trataba de un tema inesperado y me abrió a otra mirada, a otra relación con este texto de la Samaritana, que me gusta mucho.

Como ella, también yo estoy invitada a reconocer el pecado, las tentaciones en las que estoy enredada y que me impiden adorar a Dios, reconocerlo presente en mí. Esa tarde fue como una ocasión de reemprender el camino para pasar con la Samaritana desde donde estoy hoy, hacia un conocimiento más profundo de Jesús. Este proceso, que conduce a la adoración, necesita entrar en un camino pascual, dejarse despojar.

De repente, había algo muy concreto: ¿y si el café se hubiera convertido para mí en un ídolo? Últimamente, sentía que me había vuelto dependiente de mi taza matutina de café. No podía empezar el día sin ella, mi primer pensamiento al despertarme era para ella. En los viajes era aún más complicado, desde la víspera estaba preocupada por saber cómo podría prepararme un café a la mañana siguiente… me había vuelto esclava del café. Sentí crecer en mí el deseo de librarme de esa esclavitud. Poco a poco, el deseo de recuperar mi libertad fue mayor que la necesidad de aferrarme al café. Entonces pude tomar una decisión y parar.
Los primeros días no fue fácil. No me sentía bien porque mi cuerpo reclamaba su dosis de cafeína. Me di cuenta de que ahora, cuando voy a rezar por la mañana, estoy un poco menos despierta, pero soy más verdadera con lo que soy. Estoy delante de Dios más despojada, menos pendiente de las cosas, pero más en contacto con lo que me pesa, con mi cansancio, o con el hecho de haber dormido bien, de estar en forma, con lo que mi cuerpo vive y con lo que se inscribió en mí el día anterior (lo que viví la víspera y que retengo dentro de mí, que no está reconciliado). El café me daba energía, pero estaba menos conectada con mi realidad. Ahora me siento más libre para estar allí por Dios.

Gracias a Rosalba, también he comprendido el hilo conductor entre las distintas etapas de mi camino como hermanita. Según los momentos, he podido idolatrar mi propia misión o perderle el gusto. A veces desarrollé una satisfacción desproporcionada de mi comunidad, de mi carisma, de mi apostolado. Me sentí invitada a dejarme despojar, a atreverme a mirar nuestros fallos, nuestras dificultades en comunidad, a no vivir de un ideal que no corresponde a la realidad. La otra cara de la medalla es perder el gusto, la alegría y la confianza de lo que vivimos, ¡hasta rechazarlo! Reconozco en mí estas dos facetas.
Descubrí también que «adorar en espíritu y en verdad» es un camino que hay que emprender juntas, y no sólo personalmente, justamente para evitar estas dos trampas. Juntas, en la realidad que vivimos, debemos abrir los ojos para descubrir la presencia de Dios, sus huellas en mis hermanas y en la vida.

Con la Samaritana, sigamos interrogándonos: ¿cuáles son los ídolos que me impiden encontrar a Dios en espíritu y en verdad?

H.ta. Marianna