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¡Levántate!

Hace casi un año que volví al Líbano después de estar diez años en la fraternidad con los gitanos en Italia. Estaba contenta de volver para compartir con mi pueblo la difícil realidad en la que nuestro país está sumergido hace ya años. Fue el momento de descubrirme “extranjera” en mi propio país: su rostro estaba tan desfigurado que no lo reconocía. La vida aquí es dura y cansa mucho. Lo único que podemos hacer es esperar… y en esta espera, hay mucha ilusión y muchos deseos… y también angustias, miedos y la pregunta de muchos: “¿cuál es nuestro porvenir? ¿Cómo podemos continuar en el futuro?”

Para hacer cualquier cosa hace falta mucho tiempo. Ir a comprar significa correr de una tienda a otra en busca de precios accesibles y de supermercados que tengan aun algún producto. A menudo no se encuentran medicamentos. Muchos jóvenes emigran por falta de trabajo. Numerosos enfermos mueren por falta de medicamentos o por causa del precio inalcanzable de las hospitalizaciones. A veces, nos encontramos delante de situaciones sin salida. Tenemos la impresión de que nadie nos puede devolver ese tiempo. Ante esto, siento el riesgo de encerrarme en mi misma y de hacer del otro un enemigo. Tengo la tentación de justificar mi punto de vista político y de no poder vivir sino como una víctima de la crisis de mi país…

En este período tan sombrío, me encontré meditando en el relato bíblico de la resurrección de Lázaro en el evangelio de Juan. Descubrí en él que el propio Jesús, a un dado momento, no comprendía lo que le esperaba, se preparaba para un futuro desconocido. Este descubrimiento me reconfortó mucho.

Lázaro está enfermo. Sus hermanas envían un mensaje a Jesús: “Señor, tu amigo está enfermo”. Jesús contesta: “Esta enfermedad no conduce a la muerte, es para la gloria de Dios”.

A la luz del amor de Jesús, he podido repasar con una mirada nueva los últimos diez años de mi vida y el futuro de las hermanitas en el Líbano. Sólo el amor vivifica y sostiene, porque sólo el amor da confianza, solidaridad, fe, esperanza y paciencia para atravesar la muerte y llegar a la verdadera Vida.

Gracias a Jesús, descubro que el amor nos permite permanecer cerca de aquellos y aquellas que sufren.

Algo de esto he vivido con Mariam, una amiga y compañera de trabajo en la fábrica. Su madre murió de Covid: sólo tenía 52 años, y la ha dejado sola con su padre. Me doy cuenta de que no soy yo quien la sostiene, sino que es ella quien, sin cesar, me transmite esperanza. Mariam solo tiene veinte años y, en medio de la muerte, tiene la capacidad de encontrar la vida. A pesar del sufrimiento, sonríe siempre, muestra paciencia y amor, y permanece fiel a su rutinario trabajo cotidiano.

Jesús, ante la tumba de su querido amigo, pide a los demás que retiren la piedra del sepulcro, y después de gritar “¡Lázaro, sal!”, pide que lo desaten para que pueda salir libremente.

Esto me enseña hasta qué punto necesitamos de los otros para ayudarnos a encontrar una solución “a nuestras crisis”. Un día, en Beirut, volvía a la fraternidad desde un barrio alejado de la ciudad y no tenía bastante dinero para poder pagar un taxi (porque los precios cambian todos los días…) Así que había decidido volver a pie. Se acercó un taxi y lo rechacé. Un poco después, llegó otro y de nuevo dije que no. Entonces el conductor me dijo: “Hermana, no quiero dinero, quiero acompañarla para que podamos rezar juntos el rosario”. Me subí a su coche y descubrí que rezaba el rosario escuchando “Radio María”. Cuando estuve sentada, me preguntó únicamente: “¿Dónde va?”. Cuando llegamos a la fraternidad, quise darle por lo menos el poco dinero que llevaba en el bolsillo. Lo rechazó y me dijo: “Hermana, sólo le pido que rece conmigo por mi mujer: debido a la situación económica difícil, ha caído en una grave depresión. Golpea a los niños con violencia. Rece conmigo para que la paz vuelva a nuestro hogar y para que el Señor restablezca el amor y la ternura para nuestros hijos”.

Ese hombre me emocionó profundamente: buscaba a alguien que le ayudara a liberar de esas cadenas a su mujer. Su fe en Dios, su oración incesante que no lo abandona ni siquiera durante el trabajo, fueron una luz muy grande para mi vida.

No, el tiempo que vivo no es un tiempo perdido, ni un tiempo vacío. Es más bien un momento lleno de respeto y de compartir. Necesito al otro y el otro me necesita. Estas pequeñas experiencias han transformado lo que parecía un callejón sin salida en un camino abierto que me llama al amor y a la solidaridad.

Lázaro, como nos recuerda su hermana Marta, pasados cuatro días olía mal. Sin embargo, Jesús tuvo el valor de acercarse al sepulcro y llamarle. Esto le pasa también al Líbano: hace años que duerme, pero su corazón vela, espera la voz del Señor que le diga: “¡Levántate y sal!”.

Hta. Rania