Hermanita para Jesús

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Hermanita para Jesús

Viví 48 años en México. Largos años en los que crecí humana y espiritualmente, en los que recibí mucho. Este pueblo me reveló otro rostro de Dios, una manera distinta de vivir la fe. Allí Dios se me reveló muy cercano, a la vez muy humano y divino. Ahora estoy en Francia. He vivido esta partida como un despojamiento, que me preparaba a vivir otros a continuación. Fue una gran renuncia, pero Jesús me hizo sentir con mucha fuerza que estaba aquí, muy presente, acompañándome en este desapego. Lo sentí sobre todo a través de los gestos y las palabras de los amigos, como esa vecina que me decía: “Los cambios son necesarios en la vida porque nos desinstalan, has terminado tu misión aquí, ahora tu misión es en tu país!”. Para mí fue como una confirmación, un signo de Dios.

Esto me ayudó a profundizar que en verdad era hermanita para Jesús y no para un pueblo, un grupo de gente determinado, que sin duda es Él el centro de mi vida y que poco importa el lugar, la misión se vive en todas partes.

“Salir de la tierra” fue como una nueva partida, estaba entrando en una etapa completamente nueva para mí: la de la disminución y la dependencia. Me he tenido que situar de nuevo en mi propio país y en un nuevo contexto; me he tenido que integrar en una nueva fraternidad. Esto me ha dispuesto poco a poco a vivir el despojamiento que hace parte de la vejez. Sentí que, día tras día, los límites físicos se volvían más importantes, y yo más vulnerable. Renunciar a aquello que hasta ese momento me era tan querido:” la autonomía”. En el fondo de esta situación tenía que buscar su sentido profundo, y sentí una nueva fuerza que me empujaba a vivir el momento presente como un don. Aceptar con abandono y paz los problemas de salud era, de alguna manera, estar con Jesús en su pasión, ser solidaria con tantas personas que sufren. En esta travesía, todos los gestos fraternos, las relaciones de amistad entre nosotras, las pequeñas atenciones han sido y continúan siendo pequeños guiños de la ternura de Dios en mi camino.

Y hablando de ternura…

El último 23 de diciembre por la tarde, terminaba el tratamiento de radioterapia. Me invadía un cansancio enorme, ni siquiera tenía fuerza para participar en la celebración litúrgica. Me sentía en un callejón sin salida, sin reacción, vacía, incapaz de pensar algo y aún menos de rezar. Entonces, sin darme cuenta, en esta impotencia total que Él mismo vivía en Belén, el Niño Jesús me salió al encuentro. Ese día fui tocada en lo más profundo de mi ser: Él, Dios, se abajó para venir al encuentro de nuestra humanidad frágil, maltrecha. Experimenté lo que podía significar este abajamiento, sin que pueda explicar ni medir toda la profundidad del misterio que me escapa: fue para mí como un regalo, mi regalo de Navidad…

Hta. Thérèse-Janine