El ecumenismo cotidiano

Estamos en invierno, es de noche y tomo el autobús para volver a casa después de la misa en la parroquia. El chófer tiene puesta una radio de lengua francesa. Escucho y me sorprende descubrir que se trata de una radio cristiana. Al llegar a mi destino, voy a saludar al chófer. Me dice que es originario de Camerún y que es el pastor de una pequeña Iglesia evangélica en Bienne. Nos reconocemos como hermanos y nos alegramos mutuamente.
Bienne es una ciudad de 56000 habitantes, cuyas lenguas oficiales son el alemán y el francés, pero donde están representadas más de 150 nacionalidades. Un tercio de la población se declara «sin confesión», poco más de 20% se dicen católicos y casi el mismo número pertenecen a la Iglesia reformada. Hay también algunos cristianos de otras Iglesias. Los musulmanes representan más de 10% de la población y una pequeña minoría está en otras comunidades religiosas.
En este caleidoscopio cultural, vivimos día a día la diversidad de nuestras expresiones de fe, a veces incluso en el interior de nuestra propia Iglesia católica, lo que puede ser fuente de tensiones y de incomprensiones. A menudo estamos más abiertas hacia nuestros hermanos y hermanas de las Iglesias reformadas o evangélicas y más dispuestas a acoger sus diferencias que a admitir que hermanos y hermanas católicos puedan tener otras tendencias, otras orientaciones, otras maneras de vivir la fe que nosotras.
Baptiste es el portero de nuestro edificio. Le gusta cantar y suele ir a una pequeña iglesia evangélica. Es un hombre pacífico, siempre dispuesto a prestar servicio. Es muy requerido para todos los pequeños o grandes desarreglos que no faltan en un edificio de 13 pisos. Su mujer falleció de manera inesperada durante una operación quirúrgica que hubiera debido ocurrir sin problemas. Le digo toda mi simpatía y le pregunto cómo está. “No puedo caer más bajo que en la mano de Dios”. Su fe llena de paz interroga la mía y suscita mi admiración.
Cuando trabajaba en el supermercado de nuestro barrio, un día una compañera llegó jadeante al vestuario. Nathalie, de Costa de Marfil, estaba un poco estresada. “Casi llego tarde. Me levanté pronto esta mañana. Pero he leído todo el evangelio de Juan: habla siempre del amor. ¡Es precioso!” Su entusiasmo me conmovió. ¿Leo yo aún el evangelio con ese asombro?
Todos los años vivimos el ecumenismo cuando hay tiempos privilegiados como la semana de oración por la Unidad de los cristianos, el día mundial de oración por las mujeres y las sopas de Cuaresma. Una de nosotras participa también en el Triduo pascual ecuménico. Pero a menudo vivimos el ecumenismo cotidiano, a lo largo del año, en diferentes ocasiones, sobre todo con los voluntarios que apoyan y acompañan a los refugiados y personas sin papeles. El compromiso conjunto crea lazos que van más allá que las posibles querellas teológicas. Durante mucho tiempo hubo un “punto de encuentro” en los locales del Ejército de Salvación los miércoles por la tarde. Dos de nosotras colaborábamos. Había voluntarios que preparaban una pizza. Otra se ocupaba de los niños mientras las mamás charlaban. Las personas que iban podían recibir consejos jurídicos y también comida (los productos que las tiendas no habían vendido).
Continuamos en contacto con “JAHU”, una comunidad que nació en el interior de la Iglesia reformada. Una parte de las familias de esta comunidad viven en el mismo edificio. Esto les permite tener algunos locales para encontrarse y rezar juntos. Al trabajar durante varios años con ellos en el servicio a los refugiados, hemos compartido mucho: es un enriquecimiento recíproco – fuente de lazos duraderos – y una alegría conocer una comunidad cristiana dinámica con familias jóvenes y sus niños.
Recientemente, una mujer joven de una Iglesia libre invitó a una hermanita para hablar de la vida religiosa en una de sus asambleas del domingo. Como consecuencia de este encuentro, esa mujer, que estudia teología, quiso hacer un trabajo sobre la vida y la espiritualidad de Carlos de Foucauld. Nos alegra leer su trabajo y descubrir como se percibe al hermano Carlos fuera de nuestras “fronteras” católicas.
Estamos todos en la mano de Dios. Somos todos hijos del mismo Padre. Somos todos hermanos y hermanas. Todos diferentes, todos llamados a amarnos. Vivir el ecumenismo cotidiano, abrirnos al otro y enriquecernos con las diferencias, rechazar la tentación de poseer la verdad, es caminar juntos hacia una humanidad nueva. Vivir el ecumenismo cotidiano es ser una flor en medio de otras dentro de un gran ramo colorido para gloria de Dios.
Hta. Anny-Myriam con htas. Agnes (Mariam), Maria-Ursula y Ursula-Melanie
