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¿Quieres ?

Cuando tenía treinta años me invitaron a participar en una peregrinación a Tierra Santa. Fui con curiosidad y sin ningún objetivo preciso. En las ruinas de la piscina de Bethesda, el sacerdote me pidió que abriera el Evangelio de Juan en el capítulo 5. Después de la lectura, dijo: “Hoy el Señor Jesús nos pide a cada uno, a cada una: “¿Quieres ser curado/a?”

Esta pregunta me caló profundamente y cambió mi vida. Era mi primer encuentro con Dios. Ese cura no me conocía, pero el Señor, Él sólo, sabía las heridas y las parálisis que había en mí en ese momento. Vino a mi encuentro y me preguntó: “¿Quieres…?” Descubrí que hay alguien que no me dice lo que quiere de mí, sino que se interesa por lo que yo quiero, y me dirige una pregunta que me abre a la vida. Sentí enseguida que estaba curada.

Continuando la peregrinación, en Belén, vi un pequeño cartel “Little Sisters of Jesus” y, en Jerusalén, vi de lejos una hermanita vietnamita. Era como una multitud de signos ‘insignificantes’ pero que quedaron en algún lugar de mi memoria.

Al volver al Vietnam, mi párroco me llamó. No esperaba que me preguntara: “¿Quieres la vida religiosa?” Nos conocíamos poco. No hablábamos nunca, solo para saludarnos. Y yo, nunca había pensado en la vida religiosa. Me dio un folleto de la Fraternidad. ¿Qué es esto?

¿Qué significaba todo esto? La pregunta “¿Quieres…?” era como un estribillo que se repetía. ¿De dónde venía?

Los colores tristes, las fotos borrosas y las letras tan pequeñas del folleto eran aburridas, pero al leerlo, era verdaderamente como si descubriera un tesoro escondido en un campo. Me encontraba sobrecogida ante un Amor que se llamaba “humildad”, “pequeñez”, “impotencia”. Me sentí arrastrada a buscar en Internet para conocer el hermano Carlos, hermanita Magdeleine y las hermanitas de Jesús. Encontré una oración de hermanita Magdeleine que me hablaba mucho: “Yo no soy nada, pero tú lo eres todo. No poseo nada, pero Tú lo posees todo. No puedo nada, pero Tú lo puedes todo.” Ah, ser religiosa, ser hermanita de Jesús, me parecía que era fácil, porque el Señor lo haría todo con nuestra debilidad.

Decidí llamar a la puerta de la Fraternidad. No olvidaré nunca la fraternidad de Thi Nghè en una callecita, con un sencillo muro de ladrillos y la sala de estar con muchas aberturas hechas para que el aire pudiera circular. Todo me abría a la vida. Descubría que existe realmente una Congregación pobre y sencilla en una casa acogedora y alegre. Ah, ser hermanita de Jesús, me parecía que tenía que ser alegre, porque Dios estaba allí en nuestra simplicidad.

Pero, en realidad, la vida no es tan sencilla. Ante la oposición exterior, viví un combate interior entre estas preguntas: ¿Qué es lo que Dios quiere?  ¿Qué quiere el otro para mí? ¿La voluntad del otro, es la voluntad de Dios? Hubo momentos en que casi había perdido la pregunta clave “¿Quieres?”, pero nunca desapareció, como un fuego en lo más hondo de mí que me quemaba, un piloto que me guiaba. Y yo, ¿qué quiero?

Hice los votos perpetuos no hace mucho. La pregunta “¿Quieres…?” se va repitiendo en el transcurso de la vida de una hermanita: al entrar, en el postulado, como novicia, en las profesiones… aprendo a escucharme, a expresarme a través de una pregunta, o de una respuesta, sin vergüenza, sin miedo.

Gracias a los momentos difíciles, con mis hermanas, descubro poco a poco un Dios que se hace carne en mí y conmigo, yo que soy pobre como nuestro mundo. Esta es mi vocación de ser humano con toda la belleza de esta palabra.

Al trabajar sobre mi miedo de la mirada del otro y mi vergüenza de ser yo, me doy cuenta de que la voluntad o el deseo de cada persona es algo muy personal. No nací para vivir la vida del otro. No espero que el otro adivine lo que quiero para dármelo. Se me hace muy difícil, pero tengo que ser responsable de mi vida. Necesito tener el valor de amarme, de conocer mis deseos, de expresar mis necesidades, de acoger mis pasiones… El día en que podré dar gracias a Dios por lo que soy, con mis riquezas y mis debilidades, será el día en que podré agradecer de todo corazón la vida de cada uno, de cada una, con el don y la herida que me dan.

Estoy aún en camino, hacia Jesús que continúa preguntándome: “¿Quieres permanecer en mi Amor?” Allí hay sitio para todos y todas.

Hta Cecilia-Thu (Vietnamita)