El comedor del Reino

La fraternidad de Kicukiro está en la capital, en el centro de Ruanda. El ambiente del barrio es muy animado: hay mucha gente en todas partes buscando trabajo y una vida mejor. También nosotras, como todo el mundo, buscábamos trabajo, porque era cada vez más difícil vender nuestra producción artesanal. Varias artesanas del barrio hacen ahora las mismas cosas que nosotras, pero utilizando edulcorantes, aromas y otros productos químicos para poder satisfacer el mercado: nosotras ya no conseguíamos vender nuestros productos a los comerciantes.
Se nos ocurrió la idea de tener un lugar donde pudiéramos depositar nuestros productos para venderlos: velas, jugos, mermeladas, pimientos, aguacates, bananas, pastelillos, rosarios… Porque la gente está contenta si encuentra todavía productos naturales.
Muy pronto empezó a pasar mucha gente por este nuevo lugar, ayudantes de albañilería, mecánicos que trabajan en los talleres de los alrededores, transportistas (que llevan las mercancías en la bici o sobre su cabeza), niños de la calle, vendedores ambulantes… Todos nos decían: “Tenemos hambre; no encontramos un sitio para comer que esté de acuerdo con nuestros medios; ¿no podrían hacer té y comida caliente?” A este grito se unió otro, aún más desesperante, el de los jóvenes que no han podido terminar la escuela primaria o secundaria y que buscan qué hacer y de qué vivir.
Esos gritos resonaron en nuestros oídos como una llamada de Dios. Así que la fraternidad propuso a la hta. Petronilla que buscara cómo responder a esos pedidos. Se puso a trabajar con esos jóvenes que estaban buscando el sentido de su vida y empezaron juntos a preparar comida sencilla, caliente y buena. Enseguida nos dimos cuenta de que esto respondía a lo que esperaban las personas más pobres del barrio.
Cuando la Fraternidad me pidió que estuviera presente en medio de ese mundo tan distinto, que yo no conocía, nos dice la hta. Petronilla, me pregunté ‘¿cómo será esto?’ (Lc 1, 34). No estaba segura de mí, de lo que era capaz de hacer, pero confié en Dios y en la Fraternidad pensando que si este grito venía verdaderamente de Dios, no podíamos hacer oídos sordos y que iba a funcionar.
Desde que empezamos, sentí la felicidad de estos jóvenes con quienes trabajo. Están contentos de tener trabajo y qué comer y les gusta que estemos juntos. De repente el comedor se volvió para mí como una nueva familia y una nueva fraternidad.
Cuando uno de nuestros clientes se retrasa, nos llama para decirnos que va a llegar de todos modos y nos pide que le guardemos comida. Sentimos que nuestros clientes se encuentran aquí como en su casa. Nos ayudamos mutuamente: hacemos comida; y ellos, si una puerta se rompe, o si hay que transportar algo, se ocupan enseguida de ello.
Otra maravilla que vivo en el comedor es ver el encuentro de gente tan diferente. Estos últimos días han venido a comer personas que tienen mejor situación económica. Nos animaban a subir los precios diciéndonos que la comida era demasiado barata; querían decirnos que teníamos que subir los precios para eliminar la venida de los más pobres. No subimos los precios y al final todos han seguido viniendo: comen en la misma mesa, la misma comida, todos con los mismos platos, ¡y notamos que todos son felices!
Toda esta gente, tanto quienes vienen a comer como los y las que trabajan conmigo, se sienten de la familia de las hermanitas… ¡y lo son! Entre nosotros nos llamamos “abavandimwe”, “hermana mía”, o “hermano mío”, es como si ahora nos unieran lazos de sangre.
A la gente le gusta venir a comer y charlar un poco antes de reanudar el trabajo. Personalmente, el comedor se ha vuelto para mí como una parábola, un signo del Reino de Dios donde la gente viene a descansar y reponer fuerzas. “La venida del Reino de Dios no se puede observar. No dirán: ‘¡Aquí está!’ o ‘¡Está allí!”. Efectivamente, el Reino de Dios está en medio de ustedes.” (Lc 17, 20-21). ¡Verdaderamente ciertos días, estando aquí, ya puedo tocar el Reino de los Cielos!!!
Hta. Petronilla y las hermanitas de la fraternidad de Kicukiro

