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¡Jamás en un convento!

Este año he hecho mi retiro en Asís, 40 años después de mi primer viaje allí con un grupo de mi parroquia. Muchas cosas me recordaron mi primera estancia, y sin embargo mi vida ha cambiado mucho desde entonces.

Aún me veo hace 40 años comprando, para ese viaje, un vestido nuevo del que estaba muy orgullosa. Cuando el franciscano que nos acompañaba me dijo que ese “vestido religioso” me quedaba muy bien, quedé muy sorprendida y le contesté: “Podré hacer lo que sea, pero eso seguro que no.  ¡Jamás me dejaré encerrar en un convento!”. Por aquel entonces, nunca hubiera imaginado que un día sería religiosa.

Un año más tarde, había un gran encuentro de jóvenes en Roma en el que también participé con un grupo de jóvenes. En el camino nuestro autobús se paró para que subieran dos religiosas que “hacían dedo”. Durante el trayecto, la guía las entrevistó para saber quiénes eran y nos lo iba traduciendo todo en alemán. Así supe que esas dos hermanas vivían en Asís y trabajaban en un hotel.” ¡Monjas que trabajan en un hotel!”, nunca había oído una cosa así y resultaba muy interesante.

En esa época yo trabajaba en la caja de un supermercado. Un día un hombre entró en la tienda y me preguntó si podía pegar un afiche en la puerta para anunciar la venida de un circo a la capital. Cuando le di permiso, me ofreció una entrada para el circo. Al volver a casa después del trabajo, leí el periódico y encontré un largo artículo cuyo título era: “Que hacen unas monjas en un circo?” Ahí descubrí que tres hermanitas hacían parte del circo nacional austríaco y trabajaban en él. Comprendí enseguida que debían ser las mismas que habíamos llevado en autobús a Asís. Llevada por la curiosidad y con mi entrada en el bolsillo, fui al circo con la idea de verlas de lejos. Cuando una de ellas se cruzó en mi camino, me armé de valor para dirigirme a ella y saber un poco más sobre su vida. Me dijo que podía ir a su caravana después del espectáculo para contestar a todas mis preguntas. Así que, después de la representación, fui a encontrar a las tres hermanitas en su caravana. Les dije que la cuestión de la vida religiosa no me abandonaba desde que estuve en Asís. Me propusieron que fuera a vivir una semana en una de sus comunidades para ver si era verdaderamente mi camino o no. Me dieron la dirección de Regelsbrunn, una fraternidad del este de Austria. Después de pasar allí una semana, me di cuenta de que sin duda ese era mi camino.

Hoy soy incapaz de decir exactamente lo que me atrajo a la Fraternidad.  ¿Tal vez fue ese “Nazaret”, esos contactos sencillos con los vecinos, esta oración en común en que tenían su lugar todos los rostros que habíamos encontrado durante el día, y esos tiempos de adoración reservados cada día a Dios, los que me atrajeron?

Visité otras fraternidades y después de tres años de reflexión, di el paso y decidí entrar en la Fraternidad.

Está claro que no ha sido un camino sin dificultades. Dios debía enraizarse cada vez más profundamente en mi vida: tuve que aprender a dejarle el lugar. En los momentos de crisis, de dudas, necesité la paciencia y la confianza de mis hermanas. La gente sencilla, mis vecinos, mis compañeras de trabajo han sido cada día mis “maestros” y mis “maestras”. Me enseñaron el camino para volverme más generosa, más humana y más misericordiosa.

Cuando miro hoy estos 40 años desde mi primer viaje a Asís, estoy muy agradecida a Dios por haberme guiado con tanta fantasía hacia las hermanitas de Jesús. ¡Si lo tuviera que volver a hacer, lo haría sin dudar!

Hta. Waltraud-Irene (Austriaca)