Cultivar el amor y la vida

Llegué hace un año a la fraternidad de Jochiwon. Es un pueblo en plena naturaleza, rodeado de campos y de frutales. La mayor parte de las personas del pueblo son mayores. Los jóvenes se han ido a la ciudad debido al trabajo y a la educación de los niños.
En el pueblo hay un centro donde las personas mayores pueden reunirse, comer o jugar juntas. Al lado del pozo hay también un pequeño local que sirve de lugar de descanso donde todas pueden ir a tomar té, conversar, descansar… También nosotras vamos allí a veces.
Un día encontré a un hombre de unos 80 años que vive en el pueblo de al lado. Viene todos los días en tractor para cultivar su campo, que se encuentra en nuestro pueblo. Cuando encuentra a alguien, se para, saluda, habla con cada uno… Un verdadero abuelo con mucho humor: ¡ha sabido encontrar un apodo para cada persona!
Varias veces he ido a su campo para verlo trabajar, para charlar con él mientras bebemos té. Una vez me enseñó un cuadernito en el que indica las fechas de desarrollo de cada planta. Es una persona que hace conscientemente su trabajo, de manera divertida y artística, utilizando las técnicas agrícolas adecuadas que ha ido desarrollando en el curso de sus largos años de experiencia. Me dijo que se deberían hacer los mismos esfuerzos para la educación de los niños. Para esto lleva otro diario en su casa. Poco a poco nos hacemos amigos…
Me gusta pasear y salir por el pueblo: encuentro gente, nos damos noticias. Ayer, cuando llegué al campo de ese abuelo, me recibió con los brazos abiertos. Me enseñó una foto de los productos que había preparado a base de cebollas y ajos, y de las bebidas que hace a partir de diversos ingredientes. Esto le apasiona y comparte sus productos con los vecinos que lo necesitan.
Verdaderamente le gusta encontrarse con la gente. Tiene un corazón muy grande y comparte lo que cultiva con los demás. Pero con la edad, su cuerpo se deteriora por varios lados: trabaja gateando con sus manos y pies. Sin embargo, con la idea de poder compartir todo con sus hijos, lo hace con alegría.
Hace unos meses su mujer se cayó y se rompió la cadera. Fue hospitalizada. Volvió a la casa, pero ahora no puede levantarse de la cama. Así que él tiene que hacerlo todo: “He tenido que aprender a usar algunas máquinas, como la olla para cocinar el arroz, la lavadora y la aspiradora…” Continúa cultivando su campo y a la hora de volver a su casa, saca una foto de lo que ha hecho en el día para enseñársela a su mujer que está en cama. Ese día me conmovió verle sacar fotos de flores y de tutores que acababa de poner a las plantas para enseñárselas a su mujer. El amor de esta pareja, lleno de delicadeza y pureza de corazón, es muy bello. En ese momento me di cuenta hasta qué punto el amor es potente, permite ayudarse mutuamente y contar el uno con el otro en la fragilidad. Esto me recuerda el himno al amor (1ra Corintios 13)
Un día se interesó por lo que vivimos y nos preguntó qué hacemos con nuestras vidas. Entonces habló de su fe. Cuando era joven, frecuentó una iglesia protestante y continuó fiel a ella durante la guerra de Vietnam, donde fue enviado. Después empezó a dejar de ir y acabó por llegar al punto en que está ahora…
Tiene un hijo y dos hijas. Su primera esposa murió a los 49 años, y él se volvió a casar con una mujer que ya tenía una hija. En ese momento, su hija mayor rompió la relación con él. Al oírle hablar así de su hija, con tristeza, sentí su dolor y tuve compasión por este hombre. Todas las personas ancianas, que vivieron la guerra de Corea, pasan por momentos muy duros. Han trabajado para sobrevivir y educar a sus hijos. Al escuchar la historia de ese abuelo, la oigo con mi corazón y me siento solidaria de esa generación que está envejeciendo.
En mi oración confío a todos los que, en el crepúsculo de su vida, viven solos: “Dios mío, por favor, bendice a este abuelo y ayuda a su hija mayor a volver a los brazos de su padre, a la casa del Padre que la espera siempre…” (Lc 15,20-21)
Hta Sophia-Bokhee

