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Cuando los muros se derrumban

La situación económica es muy difícil en Nigeria actualmente. Una noche, en la calle, encontré a un zapatero remendón. Se notaba que había caminado todo el día bajo el sol con su material para buscar clientes, sin encontrar ninguno. Seguro que no había comido nada en todo el día. Estaba agotado, desesperado. Cuando me vio, se acercó a mí y me pidió un poco de dinero para poder comer. Sentí dentro de mí mucha compasión, pero también mucha cólera. Sí, estoy enfadada con el gobierno que no hace nada para ayudar a estos jóvenes que trabajan todo el día, pero no llegan a ganarse la vida. Después pensé: “¿Y yo qué hago para ayudarle?”. Ese hombre era musulmán y yo soy cristiana, nos separan muchas cosas. Pero en esta situación de impotencia, confió en mí y yo en él. No pensé en el riesgo que corría, sino en la necesidad de este hombre le invité a la fraternidad para que viniera a comer algo. ¡Cuando se vive en una situación tan difícil, nuestras diferencias caen, todos los muros de miedo se derrumban y nos encontramos reunidos en nuestra humanidad común!

La situación actual de nuestro país nos preocupa mucho. Hay inseguridad en todas partes. Hay muchas manifestaciones,  secuestros y también muchas “noticias falsas” (“fake news”) Todo esto aumenta el miedo. Siento inseguridad en todas partes: en casa, en la iglesia, en el trabajo… Un día estaba en el mercado y todos empezaron a cerrar rápidamente los puestos y a correr. Pregunté por qué corrían y me contestaron: “Ellos están llegando para matarnos”. Me di cuenta entonces de que ni siquiera sabían quiénes eran estos “ellos”. Pero es así, vivimos siempre en el miedo. Ese día, me dije que no podía continuar viviendo así, siempre en guardia. Así que tomé la decisión de vivir, de no morir antes de que la muerte llegue. Desde entonces, las preocupaciones han disminuido en mí y también el miedo que me paraliza y envenena mi vida. Cada día le pido a Dios la gracia de seguir así.

Hay peligro en todas partes y aún más en los viajes. Te puede parar alguna banda, pero también el ejército. Últimamente, superando mi miedo, tuve un bonito encuentro durante un control del ejército. Cuando vemos a los militares, vemos hombres fuertes, armados, seguros de sí mismos… ¡Así que cuando uno de ellos se inclinó delante de mí, pidiéndome una bendición, me sorprendió mucho! Lo primero que pensé fue: “No me toca a mí hacer esto”. Pero luego, me dije: “Es Dios quien da la bendición; ¿no puedo yo transmitirla?”. Empecé por rezar, pero esto no le bastaba. El militar insistió: quería que tocara su cabeza con la mano. Entonces extendí la mano y cuando toqué su cabeza sentí en mí que el muro de separación entre nosotros caía. Estábamos reunidos en una misma humanidad. Jesús fue el primero que extendió la mano hacia nosotros. Nos mostró el camino para hacer caer esos muros que construimos en nuestra cabeza, en nuestro corazón, en nuestra manera de pensar…

En medio de todas las dificultades que vive nuestro país, brotan signos de esperanza. La vida nos reserva cada día buenas sorpresas. En la estación de autobuses, por ejemplo, hay mucha gente. Uno de los numerosos hombres que buscan pasajeros para su autobús me dijo un día: “Nne Jesu kee ebe i n’eje?, es decir “Madre de Jesús ¿dónde vas?”. Quedé tan sorprendida que me volví hacia ese hombre y me empecé a reír. Y todo el mundo alrededor nuestro se puso a reír. Pero después esa frase se quedó en mí. Y pensé que tenía razón: nuestra misión es ser la madre de Jesús, traerlo al mundo. ¿No dice el propio Jesús en el Evangelio: “Si alguien hace la voluntad de mi Padre, esa persona es mi hermano, mi hermana, mi madre”? (Mt 12, 46-50). Aún ahora, en mi corazón, agradezco a este hombre sencillo y bromista que me recordó mi misión.

¡Si estamos verdaderamente a la escucha de cada acontecimiento, de cada palabra, aún la más insignificante, la vida se transforma en Buena Noticia para cada uno de nosotros!

Hta. Maureen