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Reír es… ¡amar!

Hace casi siete años que trabajo en un pequeño hotel a orillas del mar. Del personal de limpieza, soy la más antigua. ¡Y también la mayor! Algunos días este trabajo me pide un esfuerzo enorme y sin embargo lo enfrento siempre con alegría: es una escuela de vida, trabajamos en equipo para limpiar las habitaciones y esto nos une.

Una de las cosas que más me gustan en el trabajo es reír con las otras. Se ríen de mí a menudo porque pierdo los productos de limpieza por el camino… o vierto el producto equivocado en el frasco equivocado. Jennifer bromea diciendo que soy “la científica”. El sentido del humor pone las cosas bajo otra luz. Cuando llega Jimmy para algún mantenimiento, sabemos que nos va a contar chistes, siempre. Dice que mantener la moral del personal forma parte de su trabajo. ¡Y tiene razón!

Hablando de los Tuareg, el Hno. Carlos aconsejaba al Dr. Hérisson:

“Ser humano, caritativo, estar siempre alegre. ¡Hay que reírse siempre! […] Como ve, yo me río siempre”

Encuentro el mismo espíritu al leer las aventuras de la Hta. Magdalena en la Estrella Fugaz (una caravana). Con qué humor podía hablar de situaciones que no han debido ser fáciles: el bidón de aceite que se rompe sobre el tejado, un paso de frontera complicado… Sí, el sentido del humor es una forma de caridad. Además, hay humor en Dios. Basta con pensar en la historia de Jonás, o en los discípulos de Emaús, que le dicen a Jesús que debe ser la única persona que no está al corriente de los acontecimientos que se acaban de producir en Jerusalén!

Lo trágico y lo cómico son primos cercanos. Dante tituló su obra, que describe el recorrido que va del lugar de los muertos al paraíso: “la Divina Comedia’. Es verdad, hay muchas cosas en la vida que son trágicas, pero el Evangelio nos hace creer que, al final de la última escena, la risa se apoderará de nosotros.

El sentido del humor anima mi lugar de trabajo y nos une. Pero reflexiono también en el papel que tiene el humor para que la vida en comunidad sea una alegría. Tantas veces estamos tentadas por los lamentos. Últimamente he adoptado la oración de Tomás Moro:

“Dame una buena digestión, Señor y también algo que digerir.
Dame la salud del cuerpo y el sentido de conservarla lo mejor posible
Dame un alma santa, Señor, que ponga los ojos en la belleza y la pureza, para que no se asuste al ver el pecado, sino que sepa enderezar la situación.
Dame un alma que ignore el aburrimiento, el gemido y el suspiro.
No permitas que me preocupe demasiado por esa cosa incómoda que se llama ‘yo’.
Señor, dame humor para que encuentre alguna felicidad en esta vida y haga que los otros la aprovechen”.

Hta. Kathleen