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Banquete celestial para San José

El año pasado, aquí en Bruselas, vivimos la fiesta de San José como una anticipación del banquete del Reino de los Cielos. Un festín universal que, de repente, irrumpió en nuestro mundo maltrecho. Me emocionó mucho y por esto tengo ganas de contárselo hoy.

En la parroquia de San Gilles, donde varias de nosotras participamos, conocemos bien a una pareja proveniente de Sicilia, Concetta y Nuncio. Frecuentan asiduamente el grupo de catecúmenos adultos que se preparan al bautismo y colaboran con fidelidad, preparando el desayuno para las personas sin techo que se ofrece todos los sábados por la mañana en el atrio de la iglesia.

Esta pareja cuenta mucho con la intercesión de San José, y como les había ayudado en un asunto importante, querían este año celebrar su fiesta según la tradición siciliana con sus compatriotas, sus amigos y los miembros de su familia. También nosotras formábamos parte de los invitados.

Los festejos sobrepasaban todo lo que yo podía imaginar. Había por lo menos treinta personas en su pequeño salón, lleno de cosas buenas, ofrecidas por la asamblea a San José y destinadas a ser compartidas. Pasta hecha en casa, cubría la superficie de una cama. Durante la velada, la iríamos encontrando en toda clase de excelentes platos tradicionales.

Según la costumbre, tres personas necesitadas representan a la Sagrada Familia y llaman a la puerta para pedir hospitalidad. Esa noche, José era un joven camerunés que estuvo a punto de ahogarse cerca de Lampedusa y que ahora pide asilo en Bélgica. Una mujer de Costa de Marfil en situación irregular, muy comprometida en la parroquia, fue escogida para el papel de María, y el hijo de una catecúmena africana, representaba a Jesús. Uno después de otro, José y María llaman a la puerta, pero esta no se abre hasta que José, María y el niño Jesús se presentan juntos. En ese momento, se aclama alegremente a la Sagrada Familia y les sirven como a reyes a la mesa, con los deliciosos platos tradicionales cuidadosamente preparados.

Al principio parecía que los estómagos se iban a quedar vacíos, porque había que esperar a todo el mundo, pero luego vimos realizarse ante nuestros ojos un verdadero milagro de multiplicación. Cuando por fin todos los invitados estuvieron reunidos, Michel, nuestro párroco, dirigió una oración en honor de San José. Entonces, tímidamente, los invitados se pusieron a mordisquear, mientras Concetta y Nuncio iban y venían entre la cocina y el salón: Concetta atareada en la cocina, Nuncio bromeando siempre y olvidándose de ayudar a su mujer. Pero, como por milagro, todo el mundo acabó recibiendo su parte, una parte que se adaptaba a todos los apetitos y que parecía no tener fin…

Entretanto apareció una guitarra, la asamblea presenta entonces a un guitarrista bueno que empieza canciones italianas y otras, conocidas por todos. Alentados por Nuncio, se levantan quienes desean bailar, y toda la asamblea animada por la música y la bebida, se deja llevar por la alegría.

Yo estaba emocionada pensando que, de repente, era una realidad: ¡las líneas de fractura de nuestro mundo habían desaparecido, porque toda esta gente de orígenes tan diversos, estaba allí, haciendo fiesta juntos!

En Sicilia, Europa da la espalda para no ver los naufragios trágicos de tanta gente que huye; y aquí, una pareja siciliana escoge a esos inmigrantes para acoger, según su tradición, a la Sagrada Familia y celebrar a San José con una fiesta por todo lo alto.

Al final, cada uno se volvió a su casa con un pancito fabricado según una receta siciliana, y si hubiéramos recogido los restos en canastas, sin duda habríamos quedado maravillados por la abundancia…

¡Gracias por esta “Eucaristía” según el corazón de Dios, que nos da valor para atrevernos a una acogida que nos sobrepasa!

Hta. Marie-Charlotte