Con la fuerza de lo alto

Como en todas las grandes ciudades, algunos barrios pobres acumulan desafíos. A menudo la falta de perspectivas o de un trabajo digno aumentan la violencia y las posibilidades de caer en la droga… Frecuentemente, asisto impotente a numerosas situaciones delicadas, aunque a veces hay como un claro entre las nubes, un empujoncito del destino, una fuerza que viene de lo alto y que transforma estas situaciones de manera sorprendente.
Vivo en un barrio de la periferia de Buenos Aires (Argentina). Desde dónde estamos, hay que tomar varios colectivos para ir al centro, hacer una visita, ir al médico o simplemente, ir a trabajar… Y es aún más complicado en la “hora punta”, al inicio y al final del día, cuando las personas van al trabajo o vuelven a sus casas. Hay que situarse en largas colas y esperar poder entrar en el siguiente colectivo, para no tener que esperar más. A menudo estallan peleas, por ejemplo, cuando alguien no respeta su turno.
¡En el barrio donde nací, pasaba lo mismo! En 60 años, las cosas no cambiaron mucho.
Un día, cuando ya era de noche, la gente me dejó subir al colectivo a causa de mi edad y de mi cabello completamente blanco. Me senté e inmediatamente llegaron dos hombres peleándose y golpeándose. No sé lo que pasó entonces, pero me puse de pie de un salto y grité: “¡basta!” Ocurrió entonces algo sorprendente, lo mejor que podía ocurrir: el mayor de los dos se fue hacia el fondo del colectivo y el más joven se sentó enfrente mio. Pero continuaron diciéndose cosas feas de lejos, gritando. Una vez más, tomé la palabra y le dije al joven: “cállate”. Yo estaba sorprendida de mí misma, pero se callaron. Me pregunto qué cara debía poner para que reaccionaran así… Al mismo tiempo, tuve verdaderamente la impresión de que no actuaba yo sola, me habitaba una fuerza que no venía de mí y nos sobrepasaba a los tres.
En nuestro barrio hay muchos jóvenes que consumen droga. La Fraternidad está presente hace más de 50 años, y yo misma he pasado aquí varios períodos en diferentes momentos de mi vida. Es decir, que conozco a la mayoría de estos jóvenes desde que eran pequeñitos. Íbamos a visitar a sus familias, nos cruzábamos en la calle y varios pasaban por nuestra capilla para saludar al Niño Jesús… En una palabra, les vi crecer.
Una noche, cuando ya estábamos en la cama, oí gritos. Los gritos continuaban, y yo sabía que no podía solucionar nada. Pero en un cierto momento me dije: “¡Sal y mantente allí!” Me vestí rápidamente y me puse delante de nuestra puerta, desde donde escuchaba todo lo que pasaba. Al cabo de un rato, varias personas pasaron delante de mí como si volvieran a su casa, empujando delante de ellas a su hijo toxicómano para protegerlo, llevándolo a la casa… Yo continuaba allí y miraba en silencio cómo regresaban. Entonces otro joven llegó hacia ellos, gritando… De repente me vió allí, de pie, nuestras miradas se cruzaron, se paró bruscamente y volvió a su casa. Poco después, volvió el silencio y entré a acostarme, apaciguada, por lo menos esta vez.
Son todos jóvenes a quienes queremos mucho, y ellos también a nosotras! Tal vez sea este amor el que permite milagros así, como el de esa noche.
Cuando los miro, siento que no tienen ni siquiera ese amor por ellos mismos, esa conciencia de lo que son. Tampoco tienen conciencia de este Dios que los ama, de esa fuerza de lo alto, la única que podría ayudarles a salir de esa situación. Entonces se los confío a Él, los confío a todos a su Amor.
Hta Graciela-Inés

