Acoger la vida como un don

No importa mi edad ni el estado de mi cuerpo, yo procuro acoger la vida como un don… un don de amor de Dios. ¿No será ésta la meta de nuestra existencia?

A mis 88 años, miro hacia atrás, veo todos esos años pasados, contemplo mi vida… y la veo como una declaración de amor gratuito de Dios para mí. ¡En todo caso, yo hubiera podido no existir! Ante el misterio de la vida que me sobrepasa, ante esta gratuidad del don, deseo corresponder con una respuesta llena de respeto y de amor. A lo largo del camino, he ido buscando poco a poco como ajustarme a este amor, lo que no se hace sin caídas y levantadas. 

Cuando la enfermedad se apoderó de mi cuerpo, cuando éste empezó a no responder como antes…  sentí que mi vida estaba amenazada. Aprendí, paso a paso y no sin luchas, a adherir a lo que la realidad nos ofrece para vivir en una vida más limitada. Es únicamente por la confianza en el Amor de Dios que llego a dar el paso siguiente y a continuar mi peregrinación terrestre hasta el fin. De todas maneras, sé que la consumación de mi vida no está en mis manos, es algo que nos será dado en el más allá, gracias a Jesús.

Me impresionan mucho los 30 años de Jesús en Nazaret, su vida escondida en el corazón del mundo: 30 años de una presencia divina y sin embargo desapercibida y sin prestigio. Ahí, la vida de Jesús no difiere en nada de la gente pobre. Mirando su vida en Nazaret, descubro hasta qué punto Jesús era un hombre pobre, alguien a quien fácilmente se podía ignorar. ¡Esta es la manera de ser de Dios en la tierra! Esta existencia, que no tiene nada de útil, de eficaz, es puro don, gratuidad total. Jesús vivió este amor gratuito, es un misterio que excede nuestra razón.

Cuando fijo mi mirada en este amor gratuito, creo que esto hace el mundo más “respirable”. Jesús me conduce por este camino común, que no tiene mucho valor. También el Hermano Carlos me acompaña en este sendero cuando escribe en sus meditaciones: “Jesús me enseña que en mi vida de Nazaret puedo hacer el bien a los demás sin palabras, en el silencio, a través de una manera de vivir unido a Dios y puedo ser bueno con todas las personas que encuentro”.

Claro que esta vida cotidiana no es un largo río tranquilo, a lo largo de toda mi vida me he preguntado: “Pero finalmente, ¿quién es Dios?” A los 14 años no contestaba lo mismo que hoy, con 88… y siento que el camino no está terminado. Continuar caminando, sin respuesta, sin saber, es exigente pero acertado… ¡porque Dios está más allá de todas mis categorías!

Una hermanita que procura vivir plenamente el don de su vida hasta el fin