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Alegría compartida

Nuestra fraternidad de Mallemort (Francia) da mucha importancia a la hospitalidad. Desde hace muchos años, nuestro deseo es poder acoger a las hermanitas nómadas y a sus compañeros de viaje, y hemos abierto nuestro corazón a numerosos encuentros. He aquí una pequeña muestra de lo que nos ha ofrecido este año.

Los amigos itinerantes siguen siendo una parte importante de nuestras vidas. Nuestro gran terreno nos permite alojar las carabanas y remolques de quienes están de paso. A lo largo de los años, nuestras caravanas, demasiado viejas para viajar, también han venido a descansar aquí, y se han convertido en lugares de acogida para las personas que quieren rezar o descansar.

Entre nuestras amigas ambulantes está Renée, que desde la muerte de su marido viene a quedarse con nosotras de vez en cuando para recuperar fuerzas. Tradicionalmente, también viene a pasar las Navidades y la Semana Santa con otra familia. Gracias a Simón, que sabe hacer de todo, ¡la estufa de su caravana ha quedado impecable!

El hijo de nuestro vecino, que también es ambulante, está gravemente enfermo y nos ha pedido poder instalar su tienda en nuestro terreno mientras espera una vivienda social…

Hace un año, una amiga hebrea quiso hacer un tiempo de retiro en una de nuestras caravanas. Justo en ese momento, estábamos alojando a un amigo que se había convertido del Islam. Fue durante su estancia cuando se produjo el terrible atentado de Hamás y las terribles represalias. Esta amiga nos escribió para decirnos que le había sido de gran ayuda vivir una época tan difícil con nosotras y con este amigo de raíces musulmanas. ¡Una coincidencia inverosímil! Cocinamos juntos, comimos juntos, rezamos juntos los salmos y compartimos el Evangelio… ¡un tiempo de fraternidad muy rico!

Un joven peregrino, un buscador de Dios no bautizado, montó su tienda en el jardín de la fraternidad. Acababa de descubrir al Hermano Carlos, y fue por casualidad que nos pidió hospitalidad. El intercambio que surgió a raíz de este encuentro fue maravilloso.

Durante algunas semanas, recibimos varias visitas de un joven, siempre con el mismo semblante: tristeza, dificultad para expresarse, a veces al borde de las lágrimas… Sin embargo, sentimos que se sentía en confianza con nosotras… Nos acompañaba a la capilla, visiblemente emocionado ante el sagrario y el Niño Jesús.
Una tarde llegó con una hermosa rosa en la mano, delicadamente envuelta en un papel con un corazón dorado. Hermanita Cécile-Raymonde estaba sola aquella tarde y se sintió muy conmovida al verle, pensó que tal vez había venido a darle las gracias y que no volvería nunca más… Fueron juntos a depositar la rosa junto a la estatua de Nuestra Señora de los Gitanos, en el jardín, y rezaron un Ave María… Luego él se marchó.
De hecho, hace varios meses que no ha vuelto. Cécile-Raymonde recortó el corazón de oro y lo pegó en su habitación, para no olvidarse de rezar por este triste joven con corazón de oro, y encomendarlo al Niño Jesús.

Y además, no faltan las acogidas habituales, posibles gracias a la gran sala que tenemos en la planta baja: los encuentros con la comunidad cristiana para compartir la Biblia, el cuenco de arroz durante la Cuaresma y la acogida de todos nuestros vecinos, siempre dispuestos a apoyarnos.

También están las hermanitas que vienen para su retiro o un tiempo de descanso. Algunas lo pasan en una de nuestras caravanas, otras aprovechan la cocina…

Otra acogida muy especial es la de los coches. Como nuestras puertas están siempre abiertas, no controlamos quién aprovecha para aparcar en nuestro recinto, ¡pero a veces encontramos una lata de galletas o unas cuantas verduras depositadas anónimamente delante de nuestra cocina!

Toda esta acogida es una gran apertura para nosotras y a veces nos cansa un poco… pero ¿qué no haríamos por acoger a los ángeles?

«El Señor se apareció a Abraham cuando estaba sentado a la entrada de su tienda, en pleno calor del día… tres hombres se presentaron ante él. «Señor mío, si he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que no pases junto a tu siervo sin detenerte» (Génesis 18, 1,2).

Detenerse para escuchar confidencias, tomarse el tiempo de recibir o ser recibido, acomodarse para escuchar atenta y respetuosamente… A menudo, tras estos momentos, nos preguntamos: ¿quién da la alegría? ¿quién la recibe?

Durante una visita reciente, una de las personas con las que conversamos habló largo y tendido sobre su infancia y su llegada a la adolescencia en una familia de acogida. Había trabajado mucho y, a pesar de su duro trabajo, tenía mucho que agradecer. Cuando se marchó, nos dijo: «Gracias, ha sido bueno hablar, me ha despejado la cabeza». ¿Quién se sintió más realizado?

La alegría de escuchar, la alegría de ser escuchada, la alegría de compartir…

Htas. Bernadette-Simone, Cécile-Raymonde, Danièle-Catherine y Danielle-Claude