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«Ubuntu»

“¿Cómo podemos conocernos, comprendernos, amarnos, si no vivimos juntas?”, nos decía hta. Magdalena.

Tal vez en esta frase se esconden las raíces del sueño que, con el tiempo, la Fraternidad ha madurado, procurando imaginar un nuevo camino de formación antes de los votos perpetuos.

Respondimos a esta invitación y vinimos de todos los rincones del mundo para encontrarnos en Roma, en nuestra fraternidad general de Tre Fontane. Diecinueve hermanitas de doce nacionalidades distintas en lo que hemos llamado “el tronco común”. ¡¡¡Ya pueden imaginar que descubrir lo que teníamos en común nos llevó tiempo!!!

Llevamos diez meses viviendo juntas, y ahora que nos vamos a separar, nos damos cuenta de que, aunque no hemos salido de este sitio, nunca hemos dejado de viajar.

Al mirar el nombre con que se bautizó al grupo, nos gusta contar y medir los anillos del árbol que hemos ido formando, y saborear el gusto de la promesa encerrada en este nombre. El teatro nos ha ayudado a menudo a releer, a sonreír y a reflexionar sobre nuestras experiencias y emociones… así que, al escribir, hemos imaginado que podríamos saltar de un anillo a otro en el interior de nuestro “tronco”, ahora que ha crecido un poco… viajando de la corteza al meollo de la “vida común” que circula en nosotras, como lo hemos descubierto.

La corteza llamada desarraigo

Imagínense el comienzo, cuando nos encontramos en la mesa por primera vez, habitadas por un abanico de sentimientos que nos dejaron con la boca abierta. ¡Cuántas preguntas nuevas! ¿Cómo vivir juntas cuando se está despojada de la palabra, de la comida familiar, y molestas por un clima estremecedor? Al principio no teníamos palabras para explicar por qué esto nos suponía un esfuerzo tan grande. Gracias a las sesiones de formación, descubrimos hasta qué punto esos desafíos tocaban nuestras zonas sensibles. Nos costó, pero acompañadas por la Palabra de Dios, hemos ido encontrando herramientas nuevas en nuestras manos: paciencia, creatividad, sensibilidad y competencia.

No se trataba sólo de una cuestión de idioma, sino también de cultura.

Una vez alcanzada la base mínima de comunicación, comprendimos que esto no bastaba… jugando a ponernos diferentes tipos de gafas, nos dimos cuenta de que cada una lee la realidad a través de un filtro. Tomar conciencia de ello nos ofreció la posibilidad de descubrir la riqueza que puede aportar una mirada distinta, al punto de captar la sabiduría escondida en una palabra del antiguo bantú (familia de lenguas africanas): “Yo soy porque tú eres”. Es una de las traducciones posibles de “Ubuntu”: una palabra que protege del individualismo, que invita a vivir la corresponsabilidad, a ser una misma en verdad y a atreverse a vivir la confianza.

El desafío de llegar a ser “uno”

La vida cotidiana nos ha ofrecido muchas ocasiones de atravesar los conflictos con valentía, de descubrir nuestros dones y ofrecerlos para que fructifiquen. Trabajar, celebrar, compartir y reflexionar juntas nos ha permitido descubrir que llegar a ser un único cuerpo no es sólo la suma de nuestras diferencias, sino una “nueva creación” que da testimonio de la Vida sobreabundante, que es obra del Espíritu.

A menudo, el desafío de “formar un cuerpo”, supuso que miremos de frente nuestras fragilidades y dejemos espacio a la pregunta: ¿pueden llegar a ser una fuente de Gracia? ¡Sí! Hemos sido testigos de ello, a través del camino de amor que se ha abierto delante de nosotras y en nosotras.

Las sesiones han sido un espacio para liberar nuestra palabra. Los animadores nos ayudaron, con competencia y disponibilidad, a entrar en una dinámica de escucha y respeto mutuo. El clima de confianza que se instauró entre nosotras nos permitió compartir nu

Las sesiones han sido un espacio para liberar nuestra palabra. Los animadores nos ayudaron, con competencia y disponibilidad, a entrar en una dinámica de escucha y respeto mutuo. El clima de confianza que se instauró entre nosotras nos permitió compartir nuestras “Pascuas” y nuestras “Resurrecciones”, dones que han tejido lazos profundos de fraternidad.

Crecer es también reanudar el camino


La posibilidad de distanciarnos un poco de las realidades complejas y exigentes en las que estamos generalmente inmersas, nos ha permitido redescubrir la importancia de cuidar la vida contemplativa y comunitaria. Mirando este mundo nuestro, oprimido por las pandemias, las catástrofes naturales y las guerras sin fin, nos sentimos invitadas a asumir estos sufrimientos de manera creativa, a acogerlos como las bienaventuranzas de hoy. Es difícil creerlo… y sin embargo Jesús nos recuerda que esto basta para una vida plena.

La vida del hermano Carlos nos ilumina: nuestra misión no es otra cosa que permanecer en Dios, así nuestra vida dará fruto a su tiempo.

Desde el corazón de nuestro “Tronco común” cada una va a volar de nuevo hacia otro rincón del mundo… ¡otra vez lejos, pero ahora mucho más cercanas!

Las hermanitas del primer Tronco Común