Volverse luz

Tenía 18 años cuando oí, por primera vez, la voz del Señor. Estaba estudiando, tenía mucho trabajo y eso me aburría. Quería huir de los estudios por todos los medios posibles, y para evadirme abrí la Biblia. Di con el libro de Ezequiel: “Pasé cerca de ti y te vi: habías llegado a la edad de los amores (…) Me comprometí contigo con juramento, entré en alianza contigo – oráculo del Señor – y fuiste mía.” (Ez 16,8)
Estas palabras me impactaron profundamente, vi en ellas la luz y el amor de Dios hacia mí. Me daban vueltas y más vueltas en el corazón… Me conmocionaban y no entendía por qué.
Pasaron los años, pero era imposible huir de esa voz en mi interior, de esas palabras que continuaban resonando en mí. De todas maneras, le decía al Señor: “no quiero ser religiosa”. La palabra de Dios que oía en la iglesia venía directamente a tocar mi corazón. Tenía la impresión de que se dirigía a mí personalmente. Yo no llegaba a disimularla, porque era una voz muy fuerte.
Un día, me atreví a hacer un retiro acompañado de ocho días, para discernir: «¿Será que lo que yo siento es verdaderamente una llamada a la vida religiosa?» Después tuve el valor de hacer una primera experiencia con una congregación misionera para comprender mejor lo que pasaba en mi vida. En esa comunidad, sentí claramente que aquél no era mi lugar: yo buscaba una vida más sencilla, como la de María en Nazaret, una casa abierta, acogedora, cercana a los vecinos… Comprendí en esa comunidad que mi deseo era vivir como María, esta mujer llena de bondad y de sencillez. Era ella quien me indicaba el camino. Y como no existía una vida religiosa que propusiera esto, decidí casarme para vivir esa presencia ordinaria con mi pueblo, sencillamente. Me comprometí con un chico que tenía el mismo deseo que yo, pero en mí sentía un gran vacío. No era feliz y no comprendía lo que pasaba en mí.
Hice otro retiro para entregar todo esto al Señor y viví una experiencia muy fuerte gracias a Salomón y a la Eucaristía. Me dejé guiar por esta palabra de Dios: “Pídeme lo que debo darte” (2 Crónicas 1, 7) y la respuesta de Salomón que, en mi lengua, dice: “Señor, dame un corazón que comprenda” (2 Crónicas, 1, 10)
El sacerdote que me acompañaba me propuso que fuera a visitar a las hermanitas de Jesús. Allí, por primera vez, encontré la figura de Carlos de Foucauld y oí hablar de la vida de Jesús en Nazaret.
Esta “vida de Nazaret” era como la luz que me guiaba ya, sin que yo tuviera conciencia de ello: ser cercana y acogedora con la gente, vivir la vida cotidiana, dando también su lugar a la oración.
Ahora estoy en el Tubet, en Francia, con nuestras hermanitas ancianas. Son frágiles por la enfermedad y la vejez, y al mismo tiempo jóvenes de corazón y de espíritu. En el tiempo que llevo aquí, siete hermanitas que conocía bien han muerto y esta experiencia ha hecho crecer en mí el deseo de ver a Dios.
Me doy cuenta de que le aman tanto, que se sienten atraídas por una sed de algo más grande: una de ellas, cercana a la muerte, la llamaba “la cima de la montaña”, y esto me conmovió mucho. Un día en que hablé con la hta. Marie-Bernadette de mi deseo del cielo, ella me contestó: “la muerte, es ponernos delante de Dios que es todo luz, y cuando entremos en esta luz nos volveremos luz nosotras también”.
Hta Teresa-Malak

