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Vida hasta el fin

Incluso sumergidas en la fragilidad, si abrimos los ojos, descubrimos tesoros. Hace más de tres años vivimos en Milán, en una gran institución conocida por su acogida de personas mayores y por los servicios de reeducación. Aquí, en esta « pequeña ciudad en miniatura », donde se cruzan sin cesar personal, residentes y familias, es donde, a pesar de nuestras edades avanzadas, vivimos nuestra misión hasta el fin. Poco a poco se han ido tejiendo con unos y otros amistades, que continúan profundizándose.

Sucede sobre todo con el equipo de animación: unas diez personas, bastante jóvenes, que intentan todos los días aportar algo de ocupación, alegría y vida en los diferentes servicios. Al final del verano, cuando hta. Gioconda tuvo que interrumpir sus visitas a los residentes porque tenía una bronquitis, nació otra forma de colaboración… Una de las mujeres del equipo de animación tuvo la idea de traernos una máquina de coser que pertenece al equipo y muchas telas que ella tenía en casa. Hta. Gioconda se puso a preparar  pequeños regalos para la tómbola: bolsitas y otros objetos sencillos nacieron uno tras otro. Después fueron ofrecidos y fue una alegría para nuestros amigos.

A continuación el equipo empezó a organizar diferentes fiestas en vistas a Navidad y cada vez pidieron nuestra presencia. Fueron lindas ocasiones para profundizar nuestra amistad con ellos y estar cercanas a los residentes en ese tiempo de fiestas.

En el día a día, nos encontramos a menudo con los miembros del equipo de animación cuando están trabajando. Pero si, durante algunos días, no nos ven, preguntan dónde estamos. Esto nos llega al alma y nos da ánimo para continuar con nuestras visitas, incluso cuando resulta más exigente. Sí, a  veces, con nuestras edades, nos cansa, ¡pero vale de verdad la pena!

Uno de los servicios que más nos impresionan es dónde viven las personas, a veces jóvenes,que han sufrido graves lesiones y que ya no pueden expresarse, ni moverse. Algunos comprenden, otros parecen encerrados en el silencio. Nos conmueven mucho sus familias: varias pasan el día entero cerca de ellos, en una presencia fiel y llena de amor,

Entre estas personas, queremos hablaros de Virginia1, filipina, esposa de Giorgio, italiano, y madre de tres hijos. Giorgio consigue reconocernos, sonreir, pero lo que más nos maravilla es su reacción cuando se da cuenta de la llegada de su mujer. Ella le da mucho amor y somos testigos de la alegría y el afecto que les une desde siempre. Virginia pasa una buena parte del día con él, atenta a todas sus necesidades. A veces se lo lleva a casa, donde tiene preparado todo lo necesario, pero él es demasiado frágil para que se pueda quedar allí mucho tiempo. Ella, así como otras familias, nos expresa su reconocimiento por nuestra presencia, nos confía sus problemas y los de su familia y nos pide que recemos por ellos. Dicen que encuentran fuerza en nuestros intercambios, y nosotras nos sentimos confirmadas en nuestra misión.

En los otros servicios donde vamos habitualmente, encontramos a personas que han tenido un accidente, se han caído, han sido amputadas, a menudo muy ancianas (¡algunas tienen más de cien años!). Algunas ya no tienen familia, otras habían escogido vivir solas, Por esto, para muchas, el regreso a casa se vuelve un sueño a menudo inaccesible… Esto, a pesar de la gran profesionalidad de los fisioterapeutas, que están especialmente formados para ayudar a estas personas a encarar su nueva realidad, y de la presencia de los servicios sociales que hacen todo lo posible para ayudar a resolver los problemas prácticos. Así que procuramos escuchar a los que necesitan desahogarse, expresar sus miedos, sus angustias y sus pesares.

Entre estos encuentros, el relato de una mujer nos alegró profundamente: al quedarse sola, abrió su casa a una joven pareja africana, que luego tuvo hijos. Hoy son como su familia, la ayudan en todo, mientras continúan trabajando para vivir.

Nos ha impresionado también el testimonio de un hombre aún joven, amputado muy por encima de las dos rodillas. Fue uno de los primeros en beneficiar de la hipoterapia para recobrar el equilibrio. Ahora se está habituando a utilizar las prótesis, y ha sido escogido para llevar la antorcha en los Juegos olímpicos de invierno, en este mes de febrero. Su valor y su entusiasmo lo han convertido en un amigo y un animador para todos: pacientes, personal de enfermería, médicos…

Por último, están los cuidados paliativos. Un lugar que nos conmueve profundamente, por la densa humanidad que allí se vive. Procuramos estar presentes, escuchando el sufrimiento de las familias que acompañan, como pueden, esta última etapa de la vida, en que el misterio se vuelve aún más cercano. Muchas preguntas brotan, sin que se puedan dar respuestas sensatas. Solo queda el silencio, la cercanía humana.

Esto nos  conduce a nuestra propia vida, que se acerca a su consumación. Experimentamos la fuerza y la paz que da la fe, don que no se explica, pero que se recibe de Dios quien, de una manera o de otra, acompaña a cada persona en este paso.

Por todas estas razones podemos decir que la vida es rica en intensidad en el interior mismo de la fragilidad. Para muchos de nosotros, ya no es el momento de hacer algo, sino de estar presentes: estar, para caminar juntos y para revelar la belleza presente en cada persona hasta el fin del camino.

Htas. Costanza-Maria, Elena-Carla, Gioconda y Viviana-Maria


  1. Por respeto a su vida privada, hemos cambiado los nombres. ↩︎