Noticias

Viaje por la periferia

Cuando viajo, me siento llena de curiosidad por saber quién va a sentarse a mi lado. Me gusta tener un compañero o compañera de viaje. Sin embargo, es cada vez más raro poder conversar. Algunos se instalan y abren el ordenador, a menudo para trabajar, aunque otros miran películas para pasar el tiempo.

Mis compañeros de viaje tienen una vasta gama de costumbres. Hay quienes aprovechan el viaje para estudiar, o para maquillarse, algunos no levantan ni un minuto los ojos de un libro que imagino apasionante. La mayor parte de las veces nos saludamos al llegar y cuando nos levantamos para bajar del tren. Me gusta mucho cuando son niños quienes se sientan a mi lado, el tiempo pasa rápido, podemos charlar y a veces jugar.

En el último tren que tomé tuve un encuentro a la vez muy hermoso y conmovedor. A mi lado se sentó un muchacho joven. Llevaba camiseta de manga corta y pantalón corto, y sus brazos y sus piernas estaban cubiertos de tatuajes. Creo que no tenía ni un centímetro de piel que no estuviera ocupado por ellos. No quería mirar intensamente esos dibujos tan extraños y para mí incomprensibles, pero no conseguía apartar mis ojos de ellos.

A un momento dado sentí la mirada del muchacho, que me preguntó: “¿Te gustan los tatuajes?”. Pregunta delicada, porque justamente yo me estaba diciendo que no me gustaban nada. Me sorprendí a mí misma contestándole: “Son curiosos e interesantes”.

A partir de ahí, empezó una larga conversación. Me preguntó si era de “la cruz roja”, seguramente debido a mi ropa no muy a la moda. Cuando contesté que era religiosa, una hermanita de Jesús, una cascada de preguntas empezó: ¿qué hacen las monjas? ¿por qué te hiciste monja? ¿qué haces y dónde vives? ¿Por qué las monjas no se pueden casar?

Intenté contestar sus preguntas que me llegaban al alma, pero cuanto más hablaba, más me daba cuenta de estar a mil leguas de su universo. Tenía la impresión de utilizar un lenguaje incomprensible y vacío, de que mis palabras no conseguían alcanzarle. Hasta que dije que había vivido muchos años en los suburbios de dos grandes ciudades, y al oír la palabra “periferia” su mirada se iluminó. Entonces, me tomó de la mano y me dijo: “ahora voy a hacerte viajar por mi periferia”, y empezó a explicarme los tatuajes de sus brazos uno tras otro, haciéndomelos tocar con el dedo.

“Mi corazón se revuelve dentro de mí, mis entrañas se estremecen.”  Estas palabras de un salmo me habitaron el corazón a lo largo de este viaje sagrado hecho de esperanzas y de decepciones; de búsqueda de sentido y de caída en el no-sentido; de amor, de deseo y de desilusión; de drogas, de cárcel, de deseo de redención y de una vida, como él decía, “normal”. Después me hizo tocar el tatuaje de una cruz, una lágrima y un corazón que tenía grabado un nombre que no conseguí leer.  “Fue a partir de ahí”, me dijo, “que me empecé a levantar”.

Sin que nos diéramos cuenta, llegó a la estación donde debía bajarse. Tomó deprisa su equipaje y me pidió si podía darme un beso para despedirse. “Claro que sí”, le respondí. Se iba ya, pero se volvió y me dijo: “yo no puedo hacerlo, pero tú que hablas con ese Jesús, háblale también de mí, de mi historia… puede ser que él comprenda” y se bajó corriendo. El tren partió, confié su vida al Señor de la Vida, pero… ¡me di cuenta de que no sabía su nombre!

Espontáneamente, le llamé Carlos. Sí, Carlos… uno de los tantos Carlos de la Historia, de nuestra Historia.

Hta. Anna Serena