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Viaje al corazón de las culturas

En nuestro mundo en constante cambio, superar nuestros prejuicios y nuestros propios miedos es un ejercicio diario. Siendo de ocho nacionalidades diferentes, las hermanitas que se preparan para sus votos perpetuos viven esto todo el tiempo. Han reflexionado sinceramente sobre lo que sus experiencias de interculturalidad les han revelado.

¿Tan diferentes?

Trabajé como empleada de limpieza en una fábrica de automóviles en Austria. Los trabajadores me preguntaban a menudo de dónde era y qué vivía. Les resultaba difícil entender lo que significaba ser religiosa.
Aquel día, cuando vi que uno de mis compañeros marroquíes me había preguntado mi nombre, me entraron ganas de salir corriendo porque sabía que querría saber más y no entendería lo que yo vivía. Al mismo tiempo, parecía contento de verme e intuí que quería hablar conmigo. Esto me impulsó a correr el riesgo de acercarme a él. Una vez más, iba a tener que explicarle que soy hermana, que vivo en comunidad, que rezo y que trabajo…
Para mi gran sorpresa, me contestó muy emocionado: «¿Rezas? ¿Cómo rezas?” Y añadió: «Yo rezo cuando trabajo. Si no rezo, siento un gran vacío en mi interior». Me maravilló darme cuenta de que la oración se había convertido en el tema central de nuestra breve conversación.
Gracias a este encuentro, descubrí que mi colega musulmán, al que creía tan diferente de mí, no sólo comprendía quién soy, sino que también nos entendíamos en lo que es más importante para nosotros. A partir de ese momento, supe que no era la única en la fábrica que estaba presente ante Dios en la oración durante mi trabajo.

¿Voy a esperarla siempre?

Cuando salgo, estoy lista 5 minutos antes. Pero en varias ocasiones he tenido que esperar a la hermanita con la que voy a salir porque aún no ha llegado. Espero y a medida que pasan los minutos y ella no llega, empiezo a pensar que tal vez se ha olvidado, o tal vez se ha ido sin mí. Luego, al pasar otros 5 minutos, pienso que tal vez tuvo un problema. Mi cabeza da vueltas e imagina un montón de «tal vez». A menudo incluso he ido a buscarla.
Pero finalmente, al cabo de 10 minutos, llega sonriente como si nada, lista para salir. Y sin embargo durante todo este tiempo, yo he estado muy preocupada. Con el estómago revuelto pensando en todo lo que podría haberle pasado.
Después de más de un año por fin he descubierto que vivimos el tiempo de forma diferente: yo siempre llego antes y si ella llega 15 minutos después de la hora prevista, está bien. Cuando comprendemos que la percepción del tiempo depende de nuestras culturas, es más fácil convivir. Hasta ahora, pensaba que ella no me respetaba. Cuando me atrevo a hablar con la otra persona de lo que me molesta, las cosas se aligeran y la vida puede continuar.

¿Abrazar es sólo un gesto?

Cuando llegué a Italia, todo el mundo me abrazó para darme la bienvenida. Yo no estaba familiarizada con esta manera, era inusual para mí, pero seguí la corriente de todos modos…
Con el tiempo, me di cuenta de que los abrazos no son sólo un saludo cultural. Cuando compartí algo importante de mi vida con algunas hermanitas que me conocían, me abrazaron con fuerza. No puedo expresar lo que sentí, pero para mí ese gesto habló más que las palabras. Sentí que no era sólo un gesto, sino todo el amor fraterno que se expresaba de esa modo… Me di cuenta de que a partir de ese momento nos conocíamos mejor.
Después de estas experiencias, pongo más atención cuando abrazo a alguien. A veces es sólo un saludo y otras veces significa «estoy cerca de ti».  Cada vez es diferente, pero siempre se trata de una relación.

¿Y si siempre digo «sí»?

La primera vez que me encontré en un grupo internacional, no sabía muy bien el francés y me preguntaba cómo iba a comunicarme. Al principio, prefería decir «sí» a todo porque tenía miedo de que me hicieran preguntas si decía «no». Era muy tímida y me sentía muy vulnerable. Siempre me quedaba en la capilla después de la oración común, para pedirle a Jesús que me ayudara. Un día se me ocurrió la idea de buscar ocasiones para hablar y corregir mi mediocre francés, por ejemplo, preguntando si podía ayudar en algo que no supiera. Gracias a esta intuición, pude superar mis miedos, porque cocinando o trabajando en el jardín con otras personas, pude hablar cada vez mejor y aprender muchas cosas. Me sentía cada vez más a gusto. A pesar de mi timidez y mis miedos, ahora me siento como en casa.

¿Cómo decir «no» sin ofender?

¿Cómo se dice «no» cuando no se habla el mismo idioma que la otra persona? En Kenia hay 47 tribus diferentes y a veces no nos entendemos. ¡Es un Pentecostés continuo en el que el Espíritu Santo debe estar soplando mucho!
Un martes por la mañana, nuestro párroco me pidió que llevara la comunión a una pareja de ancianos que estaban enfermos. Cuando llegué, me sorprendió ver que el anciano salía enseguida. Cuando regresó, se apoyaba en la pared con una mano, mientras que con la otra sostenía una bebida misteriosa. Al examinarla más de cerca, descubrí que era… leche fermentada mezclada con carbón vegetal (una bebida medicinal tradicional). Para peor, la taza me pareció sucia. Me sentí muy incómoda y me empezó a dar náuseas. Sugerí empezar con la oración y dejé la leche a mi lado, como una pequeña amenaza. Me pregunté: «¿Podré verterla en el suelo sin que se den cuenta?” Durante la oración, recibí una maravillosa intuición: «¡Si la bebiera justo antes de salir, podría escupirla en el camino!”
Con un idioma común, podría haberme negado sin ofender a la otra persona, pero la realidad no era ésa. Me armé de valor y me bebí la leche lo más rápido que pude. Gracias a este pequeño gesto, ambos participamos en una comunión recíproca y crecimos en una confianza mutua que no necesita palabras.

¿Estoy dispuesta a todo?

Cuando me enteré de que me enviaban a Irak para conocer el mundo árabe, me alegré mucho. Aún recuerdo a mi padre hablando de la guerra entre Irak e Irán. Yo tenía 7 años y lloraba pensando en la gente que estaba siendo asesinada.  Cuando me enteré de que iba a ir allí, fui inmediatamente a la capilla a dar gracias al Señor porque mi sueño se hacía realidad.
Pero finalmente no se cumplió y me pidieron que fuera a Marruecos. Me llevé una gran decepción porque tenía una falsa imagen de aquel país por lo que había escuchado decir de él: «allí no hay iglesias y los musulmanes expulsan a los cristianos». Tenía miedo. Pero como sabía que las hermanitas vivían allí y me esperaban, eso me infundió valor.
Con ellas visitamos varias familias y descubrí otra realidad. Una mujer, aunque no hablábamos el mismo idioma, me enseñó a hacer cuscús; otra me mostró como preparar «Mlaouï», una especie de tortita.
Cuando me fui, mi corazón estaba maravillado por la amistad que había descubierto posible entre cristianos y musulmanes, y por la calurosa acogida de los marroquíes. También descubrí que la Iglesia está presente, que hay varias parroquias, aunque estén frecuentadas por extranjeros.  ¡Mi mirada había cambiado!
Más allá de nuestras diferentes experiencias y culturas, cuando profundizamos, tocamos el núcleo de nuestra humanidad común hecha de vulnerabilidad que, gracias a la perseverancia, nos revela su belleza y funda nuestras relaciones.  

Las hermanitas del Año Común 2025:
Htas Agnès-Nyiratebuka, Emily, Esperance, Justyna-Sara, Lucy-Waruguru, Madalena-Dung, Marie-Solange, Mihret-Mariam, Monika-Anna, Nneamaka-Queen, Têrêxa-Xiêm, Vestine-Mukanoheri con hta Grazia-Elisabetta