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Un niñito sonriente

Abrí la puerta y descubrí un niñito sonriente con los brazos abiertos. Inmediatamente me enamoré de él. Me conmovió su manera de abrir los brazos y su preciosa sonrisa. Era como si esperara a alguien que pudiera estrecharlo en sus brazos. Más tarde comprendí que en cada capilla de cada fraternidad estaba este niño, y que era el Niño Jesús. Ahora, con mi mirada de artesana, sé que aquél era el Niño Jesús de barro de 25 cm y que hay otros muchos modelos.

Cuando empecé el postulantado fui a Camerún para aprender francés. Al irme, las hermanitas de Ruanda me ofrecieron un Niño Jesús para despedirme. Para mí fue una alegría y una sorpresa recibirlo de regalo. Medía 4,5 cm, era más pequeño que el de la capilla y yo estaba muy contenta porque podía meterlo en el bolsillo y llevarlo a todas partes. Fui a Camerún sin saber ni una sola palabra de francés y las hermanitas tampoco sabían mi idioma. Me hacía comprender por medio de gestos. Cuando estaba cansada, desanimada por el francés, miraba al Niño Jesús y me daba ánimo para continuar, para seguir el camino, aunque no comprendiera nada. Con su sonrisa y sus brazos abiertos me volvía a dar ganas de continuar, porque en Él encontraba alegría, paz, confianza y perseverancia. Al mirarlo me decía que, con sus brazos abiertos, esperaba a alguien que viniera a tomarlo. Él, el Señor Dios, eligió venir entre nosotros en un estado de niño. Y yo contemplo este misterio de un Dios que se hace “niño pequeño” para que en Él cada persona encuentre todo lo que necesita. Todo esto hace que tenga un amor muy grande por el Niño Jesús, pero Él me ama aún más.

Además, me ha dado una hermosa sorpresa, porque nunca hubiera imaginado que un día trabajaría en la artesanía de barro para moldearlo y “hacerle nacer”. Efectivamente, en el noviciado había intentado trabajar y decorar el cuero, pero sin éxito. ¡No soy para nada artista! Cuando la Fraternidad me pidió que viniera a hacer nacimientos y niños Jesús en barro, dije sí espontáneamente, pero después, al recordar mi experiencia con el cuero, el miedo apareció: me pregunté cómo iba a hacer, yo que no soy artista y que nunca he trabajado la arcilla. La respuesta me vino con naturalidad: era Él, el Niño Jesús, quien me iba a ayudar a ser una artesana. Y ahora, seis años después, puedo decir que este trabajo es un regalo que el Niño Jesús me ofrece a través de la Fraternidad. Cada vez que estampo¹ un Niño Jesús o lo retoco², esto me ayuda a contemplar más y más el misterio de la Encarnación. Él, el Señor Dios, ha rechazado todos los honores para venir a nosotros, para hacerse como nosotros.

Me gusta poner la foto del Niño Jesús en mi perfil, de manera que así aporta algo a quienes Lo miran. Efectivamente, en Él podemos encontrar todo. Como hace Sebastián, que viene todos los años antes de Navidad a buscar niños Jesús para ofrecerlos a personas tristes que encuentra por la calle, en los autobuses o en el metro.

No es fácil hablar del Niño Jesús en nuestro mundo de hoy, tan marcado por la violencia, la guerra, la injusticia, el poder…  y sin embargo Él está ahí, con su Amor Infinito. Él, que ha elegido hacerse un niño para que nadie pueda tenerle miedo. En este día de Navidad, espero que el Niño Jesús  pueda aportar a cada uno, a cada una  de ustedes, esta lucecita de Esperanza que se enciende siempre al ver  a un niño recién nacido.

Hta. Alphonsine-Mukamanzi

¹ Estampar: dar al barro una forma determinada, prensándolo con las manos al molde (1ª etapa)

² Retocar: con instrumentos muy finos, alisar el barro y quitar todas las imperfecciones debidas al estampado, para darle su aspecto definitivo antes que se seque y después cocinarlo (2ª etapa)