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Un logo…

Los colores, las formas, los dibujos, pueden darnos la posibilidad de alcanzar profundidades a las cuales las palabras no siempre tienen acceso… las imágenes tienen el privilegio de comunicar sin necesidad de “traducción”. Por esto nos han propuesto un “logo” que nos ayude en el camino del próximo capítulo. Las hermanitas que lo crearon nos ofrecen algunas claves para leerlo, pero no son más que simples herramientas. Un tesoro único, personal y secreto se ofrece a los ojos que se detienen para escuchar…

Todo sucede alrededor del pozo, representado por el borde marrón.

Puedes imaginar que estás dentro del pozo y ves lo que pasa en el exterior, o que estás fuera y te asomas para mirar lo que pasa dentro.

Lo azul representa la fuente donde vamos a buscar el agua que nos quita la sed y sin la cual no podemos vivir. Pero, aún más profundamente, como lo descubrirá la Samaritana, es la presencia de Dios, presencia que nos sobrepasa y nos envuelve; a la vez uno y Trinidad.

La ruta, es ese camino sin fin a recorrer entre la presencia a Dios, a nosotras mismas y a los demás. El pueblo, a su vez, simboliza nuestra vida cotidiana, nuestras relaciones, lugar de misión, lugar donde estamos llamadas a dar testimonio de lo que nos hace vivir. Este testimonio sólo es creíble si dejamos correr en nosotras y a través de nosotras la fuente divina: es lo que quiere representar la cinta azul que cruza el camino.

La Samaritana va vestida de marrón, color de la tierra, de nuestra humanidad. Está representada en dos momentos distintos del relato. En el momento de su encuentro con Jesús, atenta, escuchando, con una mano aún ocupada por su vasija, pero con la otra ya sobre el corazón. Su vasija es grande como la sed que la ha traído hasta el pozo, es una vasija que desea ser llenada. Pero acaba por ser demasiado pequeña, incapaz de contener toda la verdad recibida del encuentro con Jesús. Después la vemos de espaldas volviendo hacia el mundo, sin su vasija que se ha vuelto inútil, con los cabellos al viento, libre.