Un camino de humanidad

Nací en un pueblito al sur de Beirut, en la montaña de Chouf (Líbano). Procedo de una familia cristiana, tengo dos tías y una de mis hermanas que son religiosas. En este contexto, desde siempre me hice preguntas sobre mi propia vocación, sobre la llamada a una vida religiosa.
A los doce años, estando interna en un colegio, conocí a dos africanas y nació en mí el deseo de irme en misión a África. Entonces empecé a buscar cómo dar mi vida al Señor. Leía el Evangelio, historias del Antiguo Testamento y sobre todo el Éxodo.
Algunos años más tarde, en 1983, mataron a mi padre, así como a muchas otras personas en numerosos lugares. Después de la evacuación de mi pueblo, con mi madre nos fuimos a vivir a casa de mi hermano.
Al cabo de un año, decidí hacer una experiencia con las religiosas en la comunidad donde había entrado mi hermana. Estando en la capilla, oí en el fondo de mi corazón: “no es este el lugar que te conviene”. Estábamos en 1985 y empecé a pedir al Señor que me mostrara el camino.
Al año siguiente yo formaba parte de la parroquia universitaria, y me emocionó el testimonio de una hermanita que nos habló de su carisma. Sentí que mi corazón se inflamaba. Entonces les pedí a las hermanitas que me dejaran hacer una experiencia con ellas para conocerlas mejor. Pasé allí un mes y estuve en dos fraternidades. Me llegó al alma su sencillez y la vida fraterna que vivían.
Entré en la Fraternidad a finales de noviembre de 1987. Así que el 1º de diciembre participé en la fiesta de San Carlos con las hermanitas.
El camino no ha sido siempre fácil…
Debido a las guerras que he vivido, había en mí mucha violencia e hice sufrir a muchas hermanitas. Acepté hacer un camino con un sacerdote que me acompañó en el plano humano y espiritual, después continué ese camino también en el plano psicológico. El camino no se acaba nunca y cuando me fui a Alepo, en el año 2020, descubrí que tenía que continuar trabajándome para llegar a vivir cada vez más en paz. Hoy doy gracias a Dios por todo el camino recorrido.
Otra cosa que también me ayudó mucho fue la decisión de leer todas las cartas de la hta. Magdalena: ¡escribió muchísimas! Descubrir la confianza que tuvo en el Señor me dio mucho valor. Vi cómo ella se dejó guiar por el Señor en los momentos difíciles de su vida. Ahora también yo, cuando le pido al Señor que me guíe, oigo esta palabra: “confía, estoy contigo.”
Al echar una ojeada sobre mi vida y sobre lo que he vivido en la Fraternidad, lo que más me ha impactado es nuestra vida comunitaria, en la que he podido compartir mis heridas, mis “violencias”, pero también lo que he ido descubriendo en toda la Biblia y a través de mi fe. Gracias a la relación personal que se ha trenzado con Jesucristo, he descubierto que soy la hija amada de Dios.
Mi finalidad ha sido siempre vivir en la paz y la verdad. Mirando la fidelidad de las hermanitas ancianas, oyendo sus experiencias con la hta. Magdalena, descubrí que también yo puedo siempre reanudar la relación con las personas que me han hecho daño. Pienso por ejemplo en los militares que bombardearon mi país, durante las diferentes guerras y que causaron tantas muertes, y aun no se ha terminado…
En todo este recorrido, poco a poco, he ido descubriendo la fuerza del perdón hacia las hermanitas y las personas con quienes la relación me costaba más.
Hoy tengo la suerte de estar por un tiempo en Irak. Es una ocasión más de apertura, de continuar el camino, de entrar en una nueva cultura…
Hta. Henriette-Josée (libanés)