Un ascensor que alivia los corazones

Durante muchos años soñé con crear un “lugar de escucha”, un lugar protegido y alentador, donde quien lo deseara pudiera ir a compartir y a ser escuchado sin juicios ni críticas. Descubrí un lugar así, llamado “Listening Place”, en el último piso de la estación de autobuses de Anchorage, en Alaska. Me había atraído la sencillez de ese lugar y el momento favorable (“Kairos”) que se podía revelar en un sitio tan ordinario y discreto de acogida del desconocido.
Cuando volví a Washington después de mi estadía en Alaska, terminé encontrando un trabajo como cajera en un lugar de comidas rápidas en el Hospital Central de Washington. Los encuentros que se daban eran momentáneos, cortos y breves. Un intercambio de corazón a corazón sólo era posible durante algunos segundos, cuando el personal y los pacientes tomaban un momento para sobreponerse o descansar durante ciertos episodios muy difíciles de sus vidas.
Hasta que un día tuve un encuentro imprevisto con el director de cuidados espirituales. Me invitó a unirme a la formación del grupo para la capellanía del hospital. ¡Quién hubiera pensado que yo iba a terminar allí! Con el tiempo, descubrí allí también un lugar donde la escucha activa y la acogida son esenciales para la curación, el alivio y la acogida de la gracia.
Hace tres años me transfirieron al centro hospitalario universitario George Washington, dos veces más pequeño que el anterior. Empecé a comprender que a menudo los encuentros fortuitos en los corredores y los ascensores son la piedra angular de la presencia y de la invitación discreta que me es hecha, de ponerme a la escucha. Poco a poco descubrí que, tal como Jesús encontraba sentido en el más simple y ordinario de sus viajes y de los lugares que atravesaba, es también en estos lugares de lo cotidiano que se producen los milagros y los corazones se conmueven: por el camino, en casa de un amigo, cerca de un pozo, en un campo.
¡Me di cuenta de que mi lugar habitual de encuentro (como lo fue el pozo para Jesús) es el ascensor! ¿Quién lo habría podido creer? Yo misma no me lo esperaba… En esos segundos de encuentro en el ascensor, encontré un espacio sagrado donde compartir una mirada, un cara a cara, que permite a la otra persona entrar en mi corazón como yo entro en el suyo: pacientes excitados por volver a casa, un miembro del personal agotado por haber asistido a una operación o haber trabajado en los cuidados intensivos, la familia que viene de lejos, con maletas y el corazón inquieto para estar presentes en la operación de cerebro de su hermana. Personas que se han dirigido a mí cuando estábamos solos: una enfermera quiso hablar conmigo cuando vio mi distintivo de la capellanía: “Estoy embarazada y mi compañero y mi familia quieren que aborte. ¿Qué le parece?” “¿Sabe qué? ¡He hecho varias veces el camino de Santiago de Compostela! Mi mujer está hospitalizada aquí. ¿Quisiera ir a verla?”
Cada encuentro es una bendición y una invitación a pararse y a MIRAR VERDADERAMENTE a la persona a quien el trayecto en ascensor podría conducir a una operación, a un día difícil y agotador, a un miembro de su familia enfermo o moribundo… La mayor parte de nosotros llevamos nuestra historia en silencio en el secreto del corazón… y esperamos solo una ocasión de compartirla.
Y tú, ¿dónde podría encontrarse tu pozo? ¿Ese lugar de encuentro donde te espera la gracia? ¿Esas personas que se cruzan en tu camino y que tienen sed de una mirada, de una palabra: el extranjero, el compañero, la persona que se siente sola, el entusiasta, aquél que evita el contacto visual y que sin embargo desea tanto ser visto?
Cuál es ese lugar ordinario, ese lugar inesperado donde se puede vivir un milagro en total discreción: ¿un paso peatonal? ¿una cola en el centro comercial? ¿un vagón de metro?
Me siento honrada por haber encontrado mi “pozo del encuentro” en el ascensor, donde algunos segundos de intercambio se pueden transformar en un verdadero encuentro de corazón a corazón. ¡No lleva más que un instante… el instante del nacimiento, de la gracia, de la revelación…!
Hta. Laura-Lee

