Todos hijos de un mismo Padre

Soy coreana, pero nací en Japón en 1942. Después de la independencia, volvimos muy pronto a Corea con mi familia. En esa época, solo 1% de la población del país era católica: ¿cómo explicar entonces que el Señor viniera a buscarme? Os cuento mi historia.
Cuando era adolescente, me preguntaba: “¿quién soy?” “¿a qué estoy llamada en la vida?”. Mi espíritu estaba vacío. Después de un tiempo de reflexión, un día sentí la necesidad de entrar en una iglesia. La responsable de la iglesia me acogió calurosamente, y después de una larga conversación sentí una gran paz interior. Estudié con asiduidad el catecismo y fui bautizada a los 15 años. Sin embargo, mi bautismo en esa época en que tan poca gente era cristiana no fue una casualidad, ni una coincidencia: el Señor, que me amaba más que yo misma, me guió personalmente.
En ese momento nuestro párroco era un benedictino alemán que había pasado cuatro años en un campo de prisioneros en Corea del Norte durante la guerra de 1950. Después del armisticio de 1953, fue liberado y se vino a Corea del Sur con los otros prisioneros. Predicaba siempre el espíritu y el amor de Cristo, llevaba una vida muy sobria y servía a la Iglesia con afán. Observando su manera de vivir, yo sentía profundamente la presencia de Dios.
También yo sentía el deseo de consagrar mi vida al Señor. Era como si Jesús me dijera: “Sígueme”. Así que iba a misa todos los días y participaba activamente en las diversas actividades de la parroquia.
Un día, una amiga me doy el “Boletín verde” de Hta. Magdeleine. Al leerlo, mi corazón se “inclinó” hacia la Fraternidad. Todo me hablaba: la vida de Nazaret y de Belén, ser como la levadura en la masa, tener un Modelo único, JESÚS,,, pero tuve que esperar tres años para obtener el permiso de mi padre.
En 1967 me fui al Japón para el noviciado. En aquella época mi conocimiento del francés no era bueno y aun no conocía la cultura japonesa. Al principio, todo era difícil para mí y experimentaba, la verdad, sentimientos negativos hacia los japoneses. Todos los días hacía dos horas de limpieza en un supermercado. Un día, cuando estaba limpiando un carrito y rezaba interiormente pensando en las personas que lo utilizaban, a las que Jesús amaba también, resonó bajito en mi una voz interior: “Los japoneses no han sido japoneses porque lo hayan querido.”
Estas palabras me tocaron el corazón. No escogí ser coreana, tampoco escogí a mis padres. La conciencia de esto me llevó a reflexionar profundamente. Viviendo en Japón descubrí poco a poco que la Historia que enseñan allí, así como la cultura y manera de pensar, eran distintas de las nuestras.
En mi interior, me di cuenta de que tenía aun sentimientos ligados al pasado doloroso entre Corea y Japón. Era por esto que no tenía sentimientos muy positivos hacia mis hermanitas japonesas. Pero un día, sin que me lo esperara, todo cambió. Sentí que mi corazón se transformaba: mis prejuicios y mi dureza interior se fundieron como la nieve al sol. Mis ojos derramaron lágrimas de gratitud. Comprendí entonces que el mismo Dios que me creó, me salvó y me guía con amor, ama también a los japoneses. Ese día, viví profundamente esta verdad: somos todos hijos de un mismo Padre.
A partir de ese momento pude abrir mi corazón. Me volví más sencilla, más verdadera, y empecé a expresarme naturalmente. Ya no había barreras entre las hermanitas japonesas y yo. Podíamos hablar juntas con libertad, y una verdadera fraternidad empezó a nacer entre nosotras.
El día de mis primeros votos hubo personas no creyentes que vinieron a felicitarme y a despedirse de mi porque poco después volvía a Corea. No compartían mi fe, pero sentí en su gesto una sinceridad profunda. No era político, ni nacional, ni interesado: era sencillamente un amor fraterno y humano. Esto me llegó al alma.
Este año voy a entrar en mis sesenta años de vida en la Fraternidad. Al mirar mi camino, veo como he crecido gracias a las personas que Dios ha puesto en mi camino: hermanitas, vecinos, amigos. Mi vida no ha sido siempre fácil: he pasado por altos y bajos, he conocido pruebas y dificultades. Pero creo firmemente que el Señor he estado siempre conmigo. Incluso cuando las situaciones exteriores eran difíciles, interiormente, gracias a Él, nunca perdí la paz.
Hace dos años llegué a una residencia para personas mayores. Aquí, todo el mundo me acoge calurosamente, como a una vieja amiga. La mayoría de las residentes han pasado por muchos sufrimientos: la colonización japonesa, la guerra de Corea, la pobreza, la falta de estudios, y también la enfermedad. Algunas son sordas o tienen un problema mental, otras están muy cansadas debido a la edad o viven con dolores crónicos. La comunicación no siempre es fácil, pero todas mantienen una gran dignidad. Aquí comparto las alegrías y las penas sencillas de la vida con las demás. El simple hecho de estar juntas nos da fuerza mutuamente.
Aquí empieza la última etapa de mi vida terrestre y, de nuevo, Jesús me dice: “Sígueme”.
¡Así que continúo, sencillamente, a través de mi vida, procurando escribir el Evangelio en el corazón de los que encuentro y caminar en la confianza!
Hta. Catharina-Myung-Ja