Simplemente estar ahí… para ti

Tú, hermano mío, hermana mía, por diferentes razones, ya sea la guerra, la inseguridad, la pobreza o simplemente el sueño de una vida mejor, te has arriesgado a dejarlo todo, tu país, tu familia, con la esperanza de encontrar una tierra más hospitalaria… ¿Quién soy yo para juzgarte, para comprender tu elección? Lo único que sé es que hoy nuestros caminos se cruzan aquí, en esta pequeña isla de Lampedusa (donde algunas personas no llegan nunca), mientras que tú acabas de cruzar el mar, arriesgando tu vida…
Guardias fronterizos, guardacostas y otras embarcaciones traen a migrantes como tú a la isla, tras recuperarles del mar en embarcaciones improvisadas. Cuando llegan al muelle, desembarcan uno a uno y lo primero que ven es a la policía y al servicio médico evaluando la situación. Después les dan una manta, algo de comer y beber y calzado, ya que la mayoría llega descalza. Hay bancos para sentarse. Son muy necesarios, ya que a menudo están agotados por la travesía. Después, los autobuses de la Cruz Roja te llevan rápidamente a un centro cerrado donde te puedes duchar, recibir alimento y ropa. Permaneces allí alrededor de un día. Luego te meten en el barco (un viaje de 9 horas) hasta Sicilia (Italia), donde también permanecerás uno o dos días en un centro cerrado antes de que te envíen a ……, ¡no sé muy bien dónde…! Así es como, con el tiempo, pude reconstruir tus movimientos justo antes y después de nuestro breve encuentro.
De hecho, nuestra parte como hermanas de diferentes congregaciones, es simplemente estar allí para recibir a todos y cada uno de ustedes con una palabra de bienvenida, un saludo en árabe, inglés o francés, o simplemente una mirada, una sonrisa, estar cerca de ustedes, sostenerles mientras caminan, ayudar a distribuir té, calzado o lo que sea…. Todo sucede muy deprisa, en apenas 30 minutos.
La mayoría de ustedes son hombres, pero también hay mujeres, niños y bebés. En general, llegan agotados, empapados y sin haber comido ni bebido en varios días. El verles así me interpela y yo me dejo interpelar!
Para nosotras, cada día es diferente. A veces, cuando hace mal tiempo, ningún barco zarpa y llega aquí. Otros días, hay varias llegadas y pasamos muchas horas en el puerto. Me gustaría compartir uno de estos días intensos que realmente me conmovió.
Ese día, a las 7.30 de la mañana, un barco desembarcó en una playa del centro de Lampedusa. Fui allí. La policía y la Cruz Roja ya habían llegado. Entre los migrantes había un papá con su hijo de 7 años. Un hombre que tiene una tienda en la playa le dio una pelota. Se podía ver la alegría del niño, pero también la del comerciante.
Un poco más tarde, un hombre que acababa de desembarcar y había recibido agua, jugo de fruta y un pancito de la Cruz Roja, me invitó a sentarme a su lado y me ofreció su jugo de fruta. Le hice entender que era para él, pero me «contestó» que quería hacerme un regalo. Así que lo recibí. Luego abrió su botella de agua, bebió y me invitó a beber mi jugo con él. Nos dimos la mano. ¡Había recuperado su dignidad!
Una mujer de Costa de Marfil llegó casi inconsciente. Se había caído al agua y estaba a punto de ahogarse. La pusieron en una camilla. Cuando la oí susurrar en francés, fui a su lado. La llevaron al dispensario.
Llegó otro barco con un centenar de migrantes, dos de los cuales estaban completamente quemados. Al parecer, un barco se incendió a la salida de Libia y murieron 16 personas. Ellos son los dos únicos sobrevivientes. Viajaron así, cubiertos de quemaduras. También los llevaron al dispensario.
Mientras acompaño a uno de los hombres para que se lave, saca de debajo de su vestimenta una imagen plastificada de la Virgen María, que había guardado preciosamente contra su cuerpo. «Ella me protege», me dijo.
Al final de la tarde, pensando en los heridos graves, fui al dispensario para estar cerca de ellos: para consolar a la señora que hablaba francés, pero también a los dos quemados con los que podía hablar inglés. Fueron momentos muy fuertes y preciosos.
Este tiempo de primera acogida es muy breve, ¡pero vale oro! Un intercambio de mirada, un pequeño gesto de consuelo hacia ti, mi hermano, mi hermana: ayudarte a ponerte las sandalias y descubrir tus pies que dicen mucho del camino recorrido, acompañarte a lavarte … y luego tu ruta continúa.
¡Y yo, que me quedo aquí, guardaré tu rostro en mi memoria, y este breve pero a menudo intenso momento de encuentro en mi corazón!
Hta. Colette-Emmanuelle
(enviada a Lampedusa para el proyecto intercongregacional de la UISG)


