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Recorrido de una mujer

Cuando mi mamá me preguntó:” ¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?”, contesté sin vacilar: “¡Quiero ser mamá!” Y luego, después de un momento de reflexión: “Pero, ¿hay que casarse para ser mamá?”. Mi madre contesta: “¡Claro que sí!” Y yo: “Pero yo me quiero casar con un hombre que sea hermoso”. Mi madre: “Si lo encuentras…” y yo: “¡Iré yo misma a buscarlo!” ¡A los cinco años ya sabía muy bien lo que quería!

Me sonrío aún ahora cuando pienso en la decisión de una niña convencida y determinada. Pero sonrío aún más desde que descubrí, alegre y maravillada, que en el fondo este diálogo ha sido el hilo conductor de mi vida.

Ser mamá

El deseo de ser madre siempre ha sido fuerte en mí. Cuando era pequeña, hubiera querido por lo menos doce hijos, dos más que mi madre, que había tenido diez. Pero, ¿qué hacer cuando, más tarde, comprendí que doce tampoco me iban a bastar? ¿Qué quiere decir ser madre sino el hecho de dar la vida para que otros puedan vivir? Comprendí muy pronto que dar la vida sólo a través del matrimonio no me bastaría. Percibía que había otro tipo de maternidad: la maternidad de un corazón que ama con un amor amplio, mucho más allá del número y de los lazos visibles. Es entonces cuando los hijos se hacen cada vez más numerosos, porque vienen de un amor que, a su vez, tiene su origen en otro Amor recibido desde siempre y de manera puramente gratuita… Dar la vida se convirtió para mí en la exigencia del amor y esto me empujó a avanzar, incluso en los momentos difíciles. Este amor absoluto ha sido la fuerza que me ha dado valor para decir no al matrimonio y decir sí, día tras día, al Señor “que me amó y dio su vida por mí”.

Al releer mi vida afirmo con alegría que he recibido el don de la maternidad. Percibo sus rasgos en los rostros de mujeres, jóvenes y menos jóvenes. Las que se encontraban desfiguradas por la droga y la prostitución, y que encontré en los barrios donde se situaba la fraternidad donde yo vivía. Las que han aprendido de nuevo a vivir, sintiéndose acogidas y dignas de amor gracias al poquito de ternura que les di. Una de ellas, que no conoció a su madre, me repetía a menudo: “Tú eres mi mamá”.  Dar la vida ha ido tomando también muchas otras formas: acompañar el camino de las hermanitas de quienes era responsable, sentir compasión por tantos vecinos enfermos, incomprendidos, sufrientes, despreciados, ancianos… trabajar en la fábrica con muchas mujeres y ganar el pan de cada día con el sudor de mi frente…

Pero dar la vida tiene un precio: las madres son llamadas a no conservar sus hijos para ellas, sino a dejarles seguir su camino. Yo también, como cada madre, he aprendido a dejar que ellas, mujeres y hermanitas, siguieran su camino. No importa si me han olvidado, si la relación se ha perdido con el tiempo: sé que mi vida sigue siendo entregada a ellas…

Casarme… un hombre hermoso

Sí, mi deseo de niña pequeña era acertado. Casarse quiere decir unir su vida a la de otro, hacer alianza en un amor mutuo duradero y fiel, donde el “tú” y el “yo” se convierten en “nosotros”, como es el caso de la Alianza de Dios con la humanidad. Esta alianza no ha fallado nunca a través de los siglos y de la historia. Dios nunca ha dejado de buscar a su pueblo incluso cuando éste le daba la espalda y se iba lejos de Él…

El día de mi primera comunión, a los seis años, sentí con mucha fuerza que yo era suya para siempre. Ahí se enraizó mi vocación religiosa. A partir de esta convicción se sitúa la búsqueda que ha seguido, hasta mi decisión de hacerme hermanita de Jesús… La alianza que llevo en el dedo desde el día de mis votos perpetuos es un signo y un recuerdo de la fidelidad de Dios.

Sin embargo, la vida no ha sido siempre sencilla ni fácil. Adolescente, joven, hermanita, a veces me he enamorado de alguien… ¡Son las contradicciones de la vida, porque al mismo tiempo estaba persuadida de que el amor del matrimonio nunca me bastaría! Esta conciencia me acercó a aquellas que pasaban por momentos de gran sufrimiento y me permitió comprender el sufrimiento de todas las mujeres en el camino del amor. Deseaba un amor infinito, único, fiel, absoluto. Este Amor, sólo Dios me lo podía dar.

Siendo ya hermanita, el amor por Jesús y el deseo de un amor que fuera también humano en su expresión luchaban entre sí, dando prioridad a veces a uno y a veces a otro. En los momentos más oscuros, cuando estaba cansada de “tener que pensar siempre en los demás”, cuando la soledad del corazón se volvía más fuerte, cuando el proyecto de Dios me llevaba por obediencia a cambiar de hermanitas o de fraternidad para volver a empezar en otro lado, cuando, en el momento de la crisis de los cuarenta años tenía la impresión de haber fracasado en todo… cuantas veces deseé, y a menudo hasta llorar, “el hombro de un hombre” donde apoyar mi cabeza y encontrar ternura… Ha habido momentos de aridez, de incomprensión, de vacío, de “ausencia” del Señor… A pesar de todo, el Amor de Jesús, el Dios hecho hombre, ha ganado siempre y me ha conducido día tras día… Así la alegría volvía de nuevo, brotando de la fuente profunda de mi corazón.

Iré a buscarlo

Sí, encontré al más bello de los esposos… tal como lo deseaba en mi infancia. “De Tí mi corazón ha dicho: busca su rostro. Tu rostro busco, Señor, no me escondas tu rostro”. Encontré el Rostro de Dios en el de Jesús de Nazaret, rostro del carpintero que comparte la vida normal de todo el mundo, rostro transfigurado por su encuentro con el Padre, rostro de compasión por quien tiene hambre, es pobre, está enfermo, preso…

Mi deseo de estar con Él y como Él, me condujo a la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús. En su carisma encontré los dos aspectos esenciales de mi búsqueda: la llamada a la vida contemplativa centrada en la oración, y la solidaridad compartiendo la pobreza, el trabajo, la amistad con todo el mundo, sobre todo con quienes perciben un Dios lejano o ausente de su vida y de su historia, y también con quienes han tomado distancia de Él.

Te encontré, Señor, en mis compañeras de fábrica en el Líbano, cuando me explicaban por señas lo que tenía que hacer, porque yo no entendía el árabe. Te encontré en las horas de adoración del Pan eucarístico… que llevábamos con nosotras en las noches de bombardeos pasadas en casa de una amiga. Te encontré en los rostros desfigurados y destruidos por la droga y la prostitución. Te encontré en la madre y el recién nacido cuando corrimos como desesperadas en busca de un hospital que pudiera acogerlos. Te encontré en el rostro de una hermanita que me perdonó por no haber comprendido su necesidad de confianza, te encontré en los rostros de los vecinos ancianos o que se sienten solos y abandonados. Te encontré en los largos silencios, contemplando tu Presencia y escuchando tu Palabra.

Iré a buscarlo…

En realidad, fuiste Tú Quien me encontró “antes de mi nacimiento” y que continúas encontrándome hoy, que soy una persona mayor entre personas mayores… Tú me buscas y me encuentras en mis límites, en el día a día a veces austero que comparto con otras hermanitas: es así, juntas, compañeras, que esperamos el encuentro definitivo. Hoy no me pides nada extraordinario, únicamente que deje brotar la alegría escondida que a veces vuelve a emerger a la superficie.

Tú y yo somos como viejos esposos que han atravesado primaveras e inviernos con sus alegrías y sus penas. Ya no tenemos mucho que contarnos, sino lo que nuestra vida ya ha contado, y esto nos basta. A veces me gustaría mucho oír tu voz, que me diga que estás aquí y que me quieres… Hoy no es tu voz sino tu Palabra que me alimenta, la que me lo dice. Sé que un día nos veremos cara a cara y entonces me veré esposa, madre, con muchos hijos desconocidos, y sabré que nacieron de tu amor y el mío, de esta alianza que nunca tendrá fin porque existe desde siempre.

Hta. Luciana