Por toda la tierra

En este mes de oración por la creación, compartimos el testimonio de una hermanita que nos cuenta una experiencia de voluntariado un poco especial… Este trabajo, muy distinto de todo lo que había hecho antes, es un himno a la creación.
Cuando empecé a buscar, aquí en Baltimore, donde hacer un voluntariado, mi primera idea fue ir al Acuario Nacional, a media hora a pie de mi casa. Siempre me han gustado los acuarios. Incluso tuve uno pequeño en casa hasta que entré en la Fraternidad.
También me gusta mucho la encíclica del Papa Francisco “Laudato Sí”, sobre el cuidado de nuestra casa común. Me entristeció constatar que había recibido tan poca atención en la Iglesia Católica de Estados Unidos. Parece que su mensaje sobre la justicia social y el cuidado de la tierra hubiera sido más apreciado fuera de la Iglesia que en ella.
«Cantan tu esplendor (…) las bestias salvajes, las aves del cielo y los peces del mar.” (Salmo 8)
Yo sabía, y lo apreciaba, que el Acuario Nacional daba mucha importancia a la conservación y preservación de las especies, así como a la restauración del puerto de Baltimore y de la bahía de Chesapeake. Procuran activamente sensibilizar a los visitantes, sobre todo a los más jóvenes, sobre las cuestiones del medio ambiente. Animada por una vecina, mandé mi candidatura para trabajar allí como voluntaria. Pasado poco tiempo, la «avicultora», es decir, la persona que se ocupa de los pájaros, en la sección consagrada a Australia, me llamó para una entrevista.
El Acuario está organizado alrededor de un espacio central que reúne diferentes tipos de exposiciones. Una de ellas presenta los paisajes de Maryland (el Estado donde se encuentra Baltimore), desde las nacientes de los arroyos en las montañas del Oeste hasta las profundidades del océano, más allá de la meseta continental. Otra parte representa un gran arrecife de coral. Y, en el centro, hay un inmenso estanque circular que nos permite bajar varios pisos, siempre rodeados de los grandes animales de las profundidades marinas.
El edificio tiene otras dos alas que reconstituyen, por un lado, una parte de la selva amazónica y por el otro, una antigua garganta fluvial del norte de Australia: dos ecosistemas únicos, ambos frágiles y muy distintos.
Aprobé la entrevista de admisión y me confiaron, una mañana a la semana, la limpieza de las cornisas de la garganta fluvial y de los cristales de los estanques de los peces y las tortugas, la preparación de las verduras y frutas destinadas a alimentar a los pájaros, y la limpieza de sus platos. Lo que prefiero en este trabajo, es cuando agarro el tubo de riego desde la cornisa más alta para crear un corto chaparrón bajo el cual los pájaros se pueden ir a bañar. Es mágico verlos así, sólo a algunos metros delante de mí.
Más tarde vuelvo a esta cornisa y me escondo un poco entre las hojas para intentar ayudar a contar los pájaros durante el recuento diario. Desde allá arriba, puedo mirar a los guías de la exposición que explican a los visitantes, muchas veces grandes grupos de estudiantes o de niños, los diferentes animales que están observando. Además de los pájaros, hay serpientes, lagartos, tortugas, cocodrilos y, naturalmente, peces.
«Le has dado al hombre poder sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto bajo sus pies.” (Salmo 8)
Dan una especial importancia a los hábitats que permiten vivir a estos animales, así como al hecho de que casi todos, hoy día, se encuentran amenazados. La amplitud del impacto humano es visible por todas partes. Y como dice un refrán, “a gran poder, grandes responsabilidades”.
Las exposiciones y los guías que acompañan a los visitantes, y particularmente a los niños, procuran, a menudo de una forma divertida, despertar el amor por esos seres vivos y el deseo de preservar sus ambientes de vida.
También estoy contenta de que, al contrario de los museos nacionales de Washington, el Acuario no dependa de la financiación del gobierno federal y pueda así hablar libremente de los descubrimientos científicos y del papel del cambio climático.
A excepción del hortelano que se ocupa de las plantas, todos los cuidadores de animales y los otros voluntarios de la sección “Australia” son mucho más jóvenes que yo. Esto resulta bastante agradable para alguien como yo, que vive en un “edificio para personas mayores”. Además, las personas que tienen gusto en ocuparse de los animales que tenemos a nuestro cargo (comprendidos los insectos y roedores que debemos guardar para alimentar a los otros) no son necesariamente gente muy convencional. Mis colegas son personas muy interesantes, apasionadas y al mismo tiempo muy realistas.
En resumidas cuentas, es un trabajo completamente diferente de todo lo que había hecho hasta ahora, después de mis experiencias en residencias para ancianos, restaurantes, fábricas, tiendas y en el estacionamiento de un hospital. Pero, como en cada uno de estos otros lugares, también aquí, en medio de las ramas de los árboles o en la cocina, pido al Señor que me habite y que toque a los demás a través mío.
Y espero que todas las personas que pasan por allí podrán descubrir la presencia de Dios en la gran diversidad que contemplan, a través de esos panoramas del mundo natural que probablemente no habrían tenido nunca la ocasión de descubrir de otro modo.
“Señor Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¡En la boca de chiquillos y criaturas has encontrado tu alabanza!” (Salmo 8)
Hta. Anne-Beth


