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La fragilidad, fuente de amistad

Dos países muy lejos uno de otro. Dos vidas frágiles, y sin embargo un mismo aliento: el de una confianza ofrecida, recibida, compartida. A través de estos dos relatos, compartimos con ustedes una única historia: la de un vínculo que nace en el seno de la vulnerabilidad.

En la esquina de una calle, en Kenia

Me paseaba por nuestro barrio en Kebeneti, cuando mi mirada se encontró con una mujer embarazada y sus dos hijos. Una niña llena de vida correteaba alrededor de su madre. El otro, un chico bastante mayor, estaba acostado en el suelo. Con su hermosa sonrisa, esta mamá me acogió calurosamente y me senté con ellos.

El muchacho quería hablarme a toda costa, pero yo apenas comprendía su lenguaje. A pesar de esto, yo deseaba conocer su historia. Estaba profundamente emocionada. Pensaba en su madre, que hacía frente a la vida con su gran sonrisa mientras su hijo estaba acostado así desde su nacimiento… ¡hace nueve años! No conseguía hablar fácilmente con Kipsang1, pero el amor suplió nuestras carencias y un vínculo se estableció. Cuando me levanté para irme, se puso a llorar. Estaba tan emocionada que no conseguí irme y me quedé aún un poco.

Desde que les encontré me preguntaba a menudo cómo podíamos ayudar a Kipsang a adquirir un poco de autonomía. Después de varias llamadas, conseguí hablar con una de las hermanas que llevan un centro para personas discapacitadas. Le expliqué la situación y propuso que el chico fuera al centro. Lo hablamos en comunidad y vista la situación de la mamá, decidimos que yo los acompañara.

El día de la primera visita, la emoción era grande. El diagnóstico del médico nos hizo saber qu, con un tratamiento específico, podría aprender a sentarse y a utilizar las manos. Fue una alegría inmensa ver un camino posible que se abría para Kipsang y su familia.

Bajo nuestro techo en Nigeria

Esta misma mañana, nuevamente hemos abierto la puerta a nuestro amigo Nchekwube2. Como cada vez que se escapa del hospital psiquiátrico, la fraternidad es el primer lugar donde se refugia.

Conocemos a Nchekwube desde su infancia. En la adolescencia desarrolló un trastorno mental bastante misterioso. Desde entonces, a menudo lo admiten en el hospital psiquiátrico para tratarle, pero cada vez se escapa y nos maravilla ver que no importa la distancia ni el lugar donde esté, encuentra siempre el camino hacia nuestra comunidad. Su familia también lo sabe, y cada vez que se ponen a buscarle, vienen a nuestra casa en primer lugar.

Pero ahora hacía tiempo que no lo habíamos visto… ¡Más de un año sin noticias! Estábamos inquietas. Un domingo, de repente, llegó a la puerta. Con el rostro cerrado, miserable. Al verle, se nos partió el corazón: ¿qué le había pasado?

Como por milagro, la alegría de encontrarnos le cambió la mirada y la esperanza volvió a aparecer en su cara. Nos comparte su historia y le escuchamos mientras le ofrecemos comida. Después va a la capilla.

Cuando sale, nos pide algo a la vez totalmente inesperado y sobrecogedor: ¡si se muriera, quisiera ser enterrado aquí, en nuestra comunidad!

Kipsang y Nchekwube no se conocen. Pero los dos, por su fragilidad y su confianza, han tocado nuestros corazones y continúan habitando nuestras vidas.

Hta. Mercy-Mbugua (Kenia)
Htas. Caroline-Egwuatu y Jennifer-Chidimma (Nigeria)

  1. Por respeto a la vida privada de las personas, hemos cambiado sus nombres. ↩︎
  2. Idem ↩︎