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Jesús está allí, el único, el Esencial

Cada domingo, las hermanitas de Camerún ayudan a dar la comunión a los enfermos. Esos encuentros son a la vez ocasiones de ser evangelizadas, de dejarse transformar por las personas que encuentran. En guisa de pequeños « fioretti », varias hermanitas nos cuentan esos momentos.

Hace ya algún tiempo, llevo la comunión a una abuelita que sufre de Alzheimer. Me recibe siempre con una alegría desbordante. A veces, para su seguridad, la encierran, y comunicamos a través de un portal grande, sin poder vernos, pero enseguida que oye mi voz canta las alabanzas del Señor… el Señor la visita entonces de otra manera.

Otra abuelita, si tardo mucho en llevarle la comunión, manda a su nieto para que me llame. Ella no entiende el francés, y yo no comprendo su idioma, el “fefé”. Nos encontramos en el mayor de los despojamientos, pero Jesús está allí, el único, el Esencial.

A través de estos encuentros, me doy cuenta de que a mi edad el Señor me está preparando a desprenderme de lo que no es importante porque ël sólo basta.

(de hta. Virginia-Paola)

Una vez acompañé a otra hermanita para dar la comunión a una mujer que estaba encamada hacía varios años. A pesar de su situación difícil, nos acogió con alegría y continuó besándonos la mano cuando la saludamos. Y cogidas de la mano nos dijo: “muchas gracias hermanas”. Esa señora nos acoge cada vez admirablemente y nos sonríe siempre, esto me ha llevado a preguntarme: “Yo, que soy hermanita, ¿Cuántas veces le he sonreído a la gente durante el día?”

(de Hta. Elizabeth-Chinasa)

Un domingo decidí ir a llevar la comunión a Maman Béatrice. Había estado hospitalizada, pero no habíamos tenido tiempo de ir a verla al hospital. Así que fui a su casa. Su hija me llevó a su habitación. Le dijo a su madre que yo estaba allí para darle la comunión, pero no manifestó ningún signo. No abrió los ojos ni la boca para saludarme como era su costumbre. Su hija me dejó sola con ella. Me senté en su cama, a su lado, diciéndole: “¡Te he traído la comunión!”, pero siguió sin expresarse. Yo estaba emocionada.

Recité la oración de costumbre, y puse la comunión en una cuchara, añadiendo un poco de agua. Me di cuenta de que estaba a punto de irse, pero que estaba aún consciente. Hice lo mejor que pude para que la comunión pasara repitiéndole: “¡Toma por lo menos la comunión por última vez!”. Al final me apretó la mano y vi que tenía el deseo de abrir los ojos y la boca pero no podía.

Salí de la habitación y le dije a su hija que la madre estaba a punto de irse. Fui a llamar al padre Laurent, el coadjutor, que vino enseguida a darle la unción de los enfermos. Al día siguiente, por la mañana, partió de este mundo hacia la vida eterna.

A-Dios, Maman Béatrice, siempre sonriente a pesar de tu sufrimiento.

(de hta. Christina-Ndum)

En la vida hay momentos en que tenemos la suerte de poder dar nuestro apoyo a las personas enfermas. Pero también sucede a veces que somos nosotras que caemos enfermas. En las próximas Noticias, el testimonio de una hermanita gravemente enferma nos dirá cómo lo vivió…