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Hambre espiritual

Construida como un gran hotel, la Casa Pioneer fue transformada en residencia para personas mayores. Las hermanitas Nobuko, Damienne y yo vivimos allí. Actualmente están haciendo obras importantes, renovación de pisos, paredes e instalación de baños nuevos y de muebles muy modernos.

Llegó el momento de arreglar el piso donde vivimos, y donde nos estaba permitido tener una capilla. Tuvimos que trasladarnos a otro piso donde las obras ya estaban terminadas y desmontar nuestra capilla. Guardamos nuestros objetos religiosos y los muebles (una mesa muy sencilla y algunas sillas) en nuestra casa comunitaria que no queda lejos, en Anchorage.

Nuestras nuevas habitaciones en el cuarto piso están bien pensadas, con ventanas más grandes que ofrecen una vista magnífica sobre las montañas que rodean Anchorage. Nos habían prometido otra habitación que nos sirviera de capilla, pero con todos los proyectos en curso, no habían concretado nada sobre esto. Después de nuestra mudanza, estábamos desamparadas, buscando no sólo un sitio para rezar, sino un espacio donde poder tener la presencia del Señor entre nosotras. En todas las comunidades donde he vivido, incluso las más alejadas, en la isla Diomede en Alaska y en Eastmain en Canadá, teníamos la presencia de la Eucaristía en nuestra capilla.

Podemos rezar juntas en una de nuestras habitaciones. Pero, como ya he dicho, no se trataba solo de una sala, sino de la presencia de Jesús CON nosotras. En el salón del cuarto piso hay un amplio ventanal que ofrece una vista completa de las montañas Chugach. A veces, es un lugar apacible y propicio para la oración, pero a menudo otros residentes pasan para admirar la vista y charlar un poco… Antes, en ocasiones escogía rezar en el exterior o sentada cerca de esa ventana. Pero ahora, esto me parecía “gris”. La Presencia física real no estaba allí… Me sentía sola… Me pareció algo evidente durante tantos años, y ahora la echaba de menos verdaderamente.

Mientras me lamentaba por mi suerte, encontré un párrafo en un libro de Joan Chittister: “No vamos a la oración para presionar a Dios para que cree el mundo según nuestras ideas o nuestros deseos personales. Estamos allí para aprender a vivir bien en la vida y en el mundo que habitamos. Bajamos a la oración para volvernos más humildes delante del Dios que nos ha hecho y más confiados en que el Dios que nos creó nos sostendrá en nuestros límites…” Así que me dije: “así sea”. Pero mi vida de oración seguía pareciéndome vacía.

Pasaron las semanas, hubo un cambio en la gestión del establecimiento y un día el nuevo administrador paró de repente a Nobuko para decirle que se estaba preparando en el primer piso una sala destinada para ser capilla. Los hombres que se ocupan del mantenimiento ya la estaban pintando, de un color amarillo suave, como el sol de la mañana. También habían limpiado a fondo la alfombra, lo que les supuso varios días de trabajo. Por fin, podíamos instalarla. El proceso duró varios meses. Fue fácil traer de nuevo los objetos depositados en la fraternidad de Anchorage: la larga mesa para el altar, dos pequeños muebles y varios símbolos religiosos, como el gran ícono de María y su Hijo. Sin embargo, la instalación pidió muchos esfuerzos, no porque fuera un trabajo manual difícil, sino que, como dos de nosotras tienen más de 90 años y yo 85, trabajamos muy lentamente. No podíamos trabajar más que media hora cada vez, y ya teníamos que pararnos para descansar… Además, no queríamos instalarla a las apuradas, sino dejar que se fuera realizando. Por último, pudimos montar el sagrario encima del altar. Cuando hubo una misa en la residencia, pudimos trasladar la Presencia a nuestro sagrario: ¡Por fin, Jesús estaba de verdad con nosotras!

En la pared, detrás del sagrario, hay una reproducción de la Última Cena de Leonardo da Vinci. Es el momento en que Jesús distribuye el pan y dice:” Hagan esto en memoria mía”. Así, el tiempo de nuestra oración delante del Santísimo Sacramento expuesto está directamente unido a su deseo de quedarse con nosotros. No lo vivo como algo rígido o formal, sino como algo personal y alegre…

Somos verdaderamente bendecidas.

Hta. Alice-Ann