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Gracias…

Al día siguiente de la ceremonia de canonización, nos reunimos desde los más diversos rincones de la tierra para dar gracias a Dios por el don del hermano Carlos, nuestro hermanito universal. En aquellas horas, en la Basílica de San Juan de Letrán, se percibía la concordancia silenciosa y luminosa de los numerosos corazones presentes… infinitamente agradecidos por haber encontrado a este gran amigo de Jesús en su camino. El cardenal Angelo de Donatis supo expresar el «Gracias» que el espíritu susurraba a la Iglesia.

Estas son las palabras con las que compartió su alegría durante la celebración eucarística.

“Lo que hagas de mí, te lo agradezco”

Estamos aquí para dar gracias al Señor, que tomó en serio la oración del hermanito Carlos, e hizo de él una obra maestra, un santo. En nuestros corazones habita hoy el deseo de dar las gracias al hermanito Carlos y tratamos de hacerlo con mucha alegría y libertad.

Gracias porque amaste la vida, te atreviste a explorarla en todas sus facetas, saboreaste los sentimientos y las pasiones, no te resguardaste de nada.

Gracias por tus dones que reconociste, acogiste y dejaste fructificar: tu inteligencia, tu pasión por la lectura y por los viajes, y gracias también por tus limitaciones, tus debilidades, tus heridas que no negaste ni ocultaste: las dejaste transfigurar por la misericordia del Padre.

Gracias porque, asemejándote cada vez más a tu amado hermano y Señor Jesús, has amado hasta el final. Gracias por tus dudas, preguntas e insatisfacciones. Gracias porque tu amor nunca te parecía suficiente.

Gracias por lo que no sabemos de ti, que sigue siendo un misterio. Gracias porque no podemos apropiarnos de tu vida ni convertirla en un absoluto.

Gracias por lo que no sabemos de ti, que sigue siendo un misterio. Gracias porque no podemos apropiarnos de tu vida ni convertirla en un absoluto.

Gracias por las relaciones que tejiste con tanta fidelidad, porque amaste a tu familia, a tus amigos, a tus vecinos, sin excluir nunca a nadie porque nunca terminaste de construir el muro que hubiera marcado tu recinto y en cambio abriste la puerta de tu ermita y de tu corazón a muchos.

Gracias porque aprendiste a recibir de los demás, a no ser autosuficiente, porque al aceptar depender de los pobres -en un momento de enfermedad- te convertiste en un hermano pequeño, en un hermano universal.

Gracias por atreverte a dejarlo todo para vivir sólo para Dios.

Gracias por perder el corazón por Jesús de Nazaret y por encontrarlo en cada criatura como hermano y hermana.

Gracias por tu docilidad a lo que el Espíritu te sugirió, porque no tuviste miedo de dejar atrás seguridades ya adquiridas.

Gracias por tu atención a los que considerabas más lejanos a los que considerabas más pobres, gracias por la ternura con la que los querías por la paciencia y bondad con la que te acercabas a ellos y te impregnabas de su cultura.

Gracias por tu delicadeza y también por tu claridad al denunciar las injusticias y los abusos. Gracias porque parece que escuchamos y vemos el evangelio proclamado por tu vida.

Gracias por haber soportado la soledad sin desesperarte. Gracias por tu deseo de tener hermanos y por tu capacidad de soñar.

Gracias por la fecundidad de tus días: muchos de nosotros formamos parte de esa espiga nacida de ti, un grano de trigo sembrado en la arena del Sahara.

¡Gracias, hermano Carlos!

Angelo De Donatis, homilía de la misa de acción de gracias por la canonización de San Carlos de Foucauld, 16 de mayo de 2022