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¡Eso no existe !

Nací en un pueblecito en el noroeste de Camerún. Somos cuatro hijos, dos chicas y dos chicos. Mi madre pertenecía a la Iglesia Bautista, y aunque no llegué a conocer a mi padre, fue él quien me transmitió su fe católica. El recorrido que me condujo a entregar mi vida a Dios no es nada glorioso: fue un camino sembrado de dificultades a través de las cuales aprendí a tener cada vez más confianza en Dios.

Nuestro pueblo se encontraba a varias horas de camino de la parroquia. Pero todos los domingos, con mis hermanos y hermanas, íbamos al encuentro de la pequeña comunidad cristiana para la liturgia de la Palabra, que animaba un catequista del pueblo. Una vez al mes venía el sacerdote a celebrar la misa y una vez al año teníamos la visita de unas hermanas que venían para dar un tiempo de formación a los niños, a los profesores, a los catequistas… ¡Yo estaba muy contenta de verlas llegar!

No sé desde cuando pensé en la vida religiosa, lo que sí estoy segura es que hacia los 7 años, en la escuela primaria, nuestra maestra preguntó a cada uno de sus 50 alumnos qué queríamos hacer al terminar los estudios. Espontáneamente contesté: “Quiero ser religiosa”. El deseo estaba ahí, plantado en mí, pero el camino antes de llegar a él aún sería bien largo.

Al final de la escuela primaria, una hermana que conocía a mi madre se ofreció a ayudarme para continuar mis estudios. Entonces dejé mi familia para vivir en un pueblo que distaba algunas horas del nuestro, donde estaba alojada en la casa de las hermanas, con otras tres niñas. La vida era dura, ritmada por el trabajo desde el amanecer, en la casa y en el campo, antes de ir a la escuela. Tenía poco tiempo para estudiar. Sin embargo, no era tanto el esfuerzo físico el que me pesaba, ya que tenía costumbre del trabajo duro en mi familia, sino el clima difícil entre las hermanas y el sentimiento de no siempre ser respetada.

Un año más tarde, mi madre murió y la hermana que me había apoyado ya no estaba. Volví a mi casa pensando quedarme para ayudar a mis hermanos. Pero la hermana Elisabeth quiso que la promesa que habían hecho a mi madre fuera mantenida, así que volví donde ellas.

Algunos años más tarde, cuando me propusieron que entrara en su congregación lo rechacé, porque aunque el deseo de la vida religiosa continuaba arraigado en mí, sentía que no era a esa forma de vida a la que yo aspiraba.

Hoy, pensando en esos años difíciles, reconozco que de todas maneras lo que viví con esas hermanas me ayudó a ser sólida en la vida, a construirme un futuro, a atravesar las pruebas, a ser la que soy hoy. Los lazos con esa comunidad siguen siendo fuertes, pues a pesar de todo es un poco como la cuna de mi vocación.

Algunos meses más tarde, en 1990, por una serie de circunstancias que no escogí directamente, me encontré a más de 200 km de mi casa. Fui acogida por una familia de Bamenda: mamá Odillia, su hermana y su hija me abrieron su casa. Esta mamá me acogió verdaderamente como parte de su familia. Todos me adoptaron como formando parte de la familia.

Con el tiempo, descubrí que Mamá Odillia llevaba en ella un sufrimiento muy grande: habían matado a su marido cuando los niños eran pequeños. Era una mujer de oración. Por la noche, a las 21 hs nos encontrábamos todos en el salón para rezar juntos. Por la mañana, ella se levantaba a las 4 hs para rezar el rosario e ir a misa antes de su trabajo. Me maravillaba esta mujer, cuyos actos parecían estar inspirados por la oración.

En la casa de al lado vivían algunos hombres y yo estaba un poco asombrada porque nunca veía mujeres allí. Cuando Mamá Odillia me dijo que eran religiosos, le contesté que estos no viven en un lugar como el nuestro! Estaba muy sorprendida por ver a hermanos en un barrio sencillo y pobre.

Viéndoles vivir, nacía de nuevo en mí el deseo de dar mi vida a Cristo, pero esta vez tenía una idea más clara de lo que deseaba. Quería una vida sencilla, en medio de la gente sencilla, con un ambiente de oración sencillo donde no fuera reconocida especialmente como religiosa. Un poco como la “levadura en la masa”, no deseaba hábito religioso, ni signo particular que me diferenciara de los demás… Escribí todo esto a mi hermana mayor que me contestó: “¡Una congregación así, no existe!”

Entretanto, fui conociendo mejor a los Hermanitos de Jesús, nuestros vecinos. Iba todos los días a hacer la adoración en su casa. Y me dirigía a Dios así: “Señor, si existes, muéstrame el camino, porque es esto lo que quiero vivir”. Algunos años más tarde, encontré finalmente a las hermanitas. Reconocí en ellas la sencillez, la vida de oración, la vida con los pobres y la acogida que tanto deseaba vivir: ¡es decir que al final sí existía!

Me impresionó su manera de acoger: comíamos juntas, estábamos sentadas juntas, compartíamos la misma habitación. No había diferencias entre ellas y yo, era lo que soñaba.

Quiero mucho a la Fraternidad, en ella me siento en mi casa. Aún hoy, es esta vida sencilla y la vida de oración lo que me alimenta. Cuando hago la comida, cuando hago las compras o me cruzo con alguien por la calle y nos saludamos… son pequeñas alegrías para mí. No deseo nada más.

Y en estos gestos sencillos de la vida cotidiana, una oración sube en mí, como un canto silencioso: “Señor, te he buscado en la noche, a la luz de una antorcha, y ahora que te he encontrado nada me puede apartar de ti.”

Hta. Emma Bolang