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Entre rosas y espinas

Recientemente tuvimos una reunión del equipo internacional para la formación en Ankawa, un barrio de Erbil, en la región autónoma del Kurdistán iraquí.

La hermanita Lamia, que hace parte del equipo, es iraquí, y propuso la idea de reunirnos en su país, en vez de reunirnos en Roma, como es nuestra costumbre. Su propuesta nos entusiasmó, por la posibilidad que nos daba de conocer su tierra de la que tanto habíamos oído hablar y que ninguna de nosotras conocía.

En escala en el aeropuerto de Estambul, vemos a mucha gente vestida de blanco. Son los peregrinos que van a La Meca. Percibimos ya algo de la diversidad que vamos a encontrar.

En el aeropuerto de Erbil, Carmela, Marianna y yo compramos los visas de entrada. Con este visa otorgado por el gobierno autónomo del Kurdistán no podemos ir a Mossoul ni a Bagdad. Para Hta. Marie-Odette, ruandesa, tuvimos que pedir un visa por intermedio de la Iglesia.

Nuestro encuentro tenía la finalidad de trabajar sobre la formación continua y preparar nuestra aportación al capítulo general.

Alternamos los tiempos de trabajo con algunas visitas por la región. Fue muy  importante poder estar con las hermanitas de Mossoul, que vinieron a encontrarnos. Fue una gran alegría volver a verlas, estar juntas y compartir con ellas.

Sus testimonios me ayudaron a comprender  mejor cómo los cristianos se han tenido que desplazar varias veces a lo largo de estos últimos años por causa de las guerras, abandonando sus casas y sus tierras.

Un poco de historia: los acontecimientos de junio de 2014 llevaron a las hermanitas a irse de Mossoul, con la gente que huía. Primero fueron a Bashiqa. Esta ciudad, en la llanura de Nínive, es un lugar habitado mayoritariamente por los yezidíes, que conviven apaciblemente con los cristianos asirios ortodoxos y católicos. Después, tuvieron que dejar también esa ciudad para reunirse con las hermanitas de Ankawa.

Al principio, los habitantes de Ankawa y las hermanitas acogieron a los refugiados en sus casas y en sus terrenos. La solidaridad y la compasión se expresaron de manera muy natural. Un poco después, se instalaron tiendas. Y, lentamente, se organizaron campamentos con caravanas para unas 1000 familias. Las hermanitas vivieron allí casi dos años y medio.

Poco a poco, el campo de refugiados cerró y se construyeron casas. Las hermanitas deseaban volver a Mossoul. Se fueron acercando, instalándose primero en Bartella, que queda a unos 20 km.

El Padre Emmanuel Raid, el párroco, llevó la caravana-capilla del campo de refugiados cerca de la iglesia de Mossoul, cuya reconstrucción llevó a cabo con la ayuda de jóvenes musulmanes. Es un signo de una etapa nueva. También los musulmanes sufrieron mucho y muchos de ellos no estaban de acuerdo con la invasión y las prácticas del Isis. Ahora, la gente reflexiona: el Islam no puede ser así…  Es un momento favorable de abertura al diálogo.

Las hermanitas volvieron a Mossoul con las manos vacías y el Señor había dispuesto el corazón a muchas personas que ellas ni siquiera conocían y que las ayudaron. El barrio donde vivían antes  había sido completamente destruido, y les fue difícil reconocer su casa. Cuando fueron a verla, un hombre gritó: “¡Venid a ver, el azul ha vuelto!”. En la ciudad hay algunas familias cristianas que se encuentran el domingo, después de la Eucaristía, para tomar un café juntas.

Una hermanita trabaja en un dispensario del Estado en Bartella, que es ahora un pueblo mixto. La gente puede recibir cuidados por muy poco dinero.

La otra trabaja en un centro para discapacitados mentales y autistas. Se nota el aumento de los casos de autismo. Algunos piensan que es debido a los traumas…

Las hermanitas procuran estar atentas a los pequeños signos cotidianos que hacen germinar vida y esperanza. Volvieron a Mossoul con un gran deseo de cultivar la confianza y la reconciliación. Pueden compartir mucho con el Padre Emmanuel, que es muy conocido de las autoridades y con el que hay un buen entendimiento. Declaró al Papa Francisco, cuando éste visitó Irak: “¡Soy el único sacerdote en Mossoul con 70 familias cristianas, pero 2.000.000 de musulmanes me llaman ‘padre’!”.

Al escuchar lo que nos decían tuve la impresión de una gran complejidad. Hay pertenencias distintas: chiitas, sunitas, kurdos, yazidi, cristianos asirios, caldeos, ortodoxos y católicos y más…  Los idiomas también: árabe, kurdo, arameo… Estas diferencias son riqueza y reto.

En Ankawa hay un jardín donde todos los que lo desean pueden caminar  y pasear. Es un lugar que ayuda a descargar las numerosas tensiones cotidianas. Los caminos están adornados por rosales, que ofrecen su belleza a la mirada de los caminantes. También yo lo aproveché y varias veces encontré allí a mujeres que, mientras caminaban, rezaban el rosario. Me uní a su oración por este país y su pueblo, por  la necesidad de paz, de estabilidad y de seguridad que se hace sentir a cada paso.

Recibí la posibilidad de vivir nuestro encuentro en ese país como un gran don. Estábamos en una tierra labrada por el sufrimiento y fecundada por la resistencia de aquellos que ponen su esperanza y sus vidas en las manos de Dios.

Fueron dos semanas intensas, que me dieron la alegría de volver a entrar en contacto con las iglesias orientales y la riqueza de su liturgia, con la “música” del arameo y del árabe, con la acogida oriental calurosa y atenta. Llevo en mí una profunda gratitud por la presencia de la Fraternidad y de todas las personas que se disponen con valentía a reconstruir sus vidas y que buscan la paz y la concordia con perseverancia.

H.ta Fiorella