Con Jesús sí, pero en medio de ellos

Siendo muy joven, me comprometí en actividades de un movimiento ecuménico, en el apoyo escolar en una villa miseria de Buenos Aires. También en los retiros silenciosos que se organizaban, en la naturaleza. Me sentía atraída por Jesús, en una capillita en medio del bosque. Una noche, estando allí, una tormenta inundó las casas precarias del barrio. Entonces escuché un susurro: “Conmigo, sí, pero en medio de ellos y como ellos: inundada”. Esa voz nunca me abandonó y como Carlos de Foucauld, “comprendí que no podría vivir de otra manera”.
Una vez, viajando en colectivo, subió una señora y bastó que me mirara para que supiera que estaba llamada a encarnarme en Jesús, para revestirme de semejante modestia. En su rostro muy humilde se concentraban los rasgos de las argentinas indígenas de la tierra adentro. Cruzamos dos palabras, pero nunca la olvidé. Era como haber visto en el colectivo a Jesús, de pie, a mi lado. “El más humilde de los hijos de los hombres”. (Núm. 12,3)
Cuando en el noviciado (en el Tubet, Francia, en el año 69’) leímos la carta de la hta Magdalena que nos decía “Sean apasionadas por la presencia de Jesús en la Eucaristía” … supe que ese era mi camino: contemplarLo y “pretender” desbordar.
Me sentí “confirmada” en ese camino y modo, cuando leí que el p. Voillaume le decía a la hta Magdalena: “cuando tú me dices que rezas por mí, yo sé que no son meras palabras. Sé que tú vives en simple presencia, permanente y constante, delante de Dios”. No era la liturgia de las Horas, ni las horas de reloj calculando los tiempos de adoración. Era toda la vida que oraba y se ofrecía en intercesión.
En 1988 el obispo don Jaime de Nevares (de los “pequeños monseñores”)1 nos acogió en Neuquén, en el sur de la Argentina, exclamando: “¡Por fin, vienen a fundar una fraternidad!”. Hacía mucho tiempo que deseaba ardientemente una fraternidad en su diócesis, entre los Mapuches, pueblo originario de Patagonia. Entonces continuamos el camino hasta el lugar donde finalmente “se había detenido la estrella” … en Ruca Choroi. Era un 6 de enero, día de la visita de los Magos.
El jefe de la Comunidad, mientras su esposa preparaba la comida, nos preguntó, para comprender “la utilidad” de nuestro deseo: “¿son maestras, enfermeras, costureras?”. Oyendo todos nuestros “no”, continuó: “¿pero van a visitar a la gente?”. “¡Claro que SI!”, le contestamos. Al oír esto, concluyó: «Eso es muy bueno, la visita crea confianza. Vengan nomás, acá van a aprender mucho.»
Efectivamente, teníamos que aprenderlo todo, Estábamos en sus manos, con la consciente dependencia y feliz asombro de una niña. Había que recoger leña para calentarnos y cocinar el pan. En esas largas caminatas para encontrar leña, descubrimos sus remedios para sanar, su respeto religioso por la naturaleza…
Un día recogiendo piñones, Petronila, que se había dado cuenta que no me ponía con ellos para su rezo, me dijo: “ya sé que es por respeto que no te acercas, pero quiero decirte que para nosotros el ruego de hermanita también sirve”
Pronto comprendimos que, sin hablar su idioma, no podíamos hacer realmente parte de la familia. Así que nos pusimos al trabajo, una palabra tras otra. Con las mujeres aprendimos a tejer en telar, un trabajo en común lleno de saberes y secretos ancestrales, que se comparten de a poco. Cuando dijeron: «Ya no sos winka (extranjera), ustedes son hermanitas mapuches». No para mediar sino para acompañar la fuerza de la comunidad. Doña Ermelinda decía de nosotras: «Son las hermanitas pobres que cariñan a la gente»
Después de 25 años de vida compartida en Ruca Choroi, fui procesando la obediencia a la realidad y en fraternidad, decidimos que volvería a Bs As, a un Hogar de ancianos. Confiarse a otros para que te ayuden en tus necesidades. Una vez más, había que deponer mis seguridades y aprender nuevas obediencias.
Aquí encontré entre otras a doña Marta, afectada de Alzheimer. Le gusta tejer y me acepta a su lado. Tejemos juntas, en silencio, sonriéndonos de vez en cuando. Doña Zoila dice: “me cortaste finita la manzana para que yo la pudiera comer.”
Y pienso en el Hno. Carlos de Jesús que decía: «Es el amor el que debe recogerte en Mí y no el alejamiento de mis hermanos. Tu misión es hacerte toda a todos.”
Hijo y Cordero, muerto de Amor, danos tu Paz.
Hta. María Carolina de Jesús


- Los “pequeños monseñores” son obispos del tiempo del Concilio Vaticano II, que en su búsqueda de volver su vida cada vez más Evangélica, se nutrieron del carisma del hermano Carlos de Jesús. ↩︎