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Como una hospitalidad “divina”…

La hta. Elli-Miriam vive en Marruecos desde hace muchos años. Cada ocasión de encuentro es una fiesta. En su camino, la gente y unos vasos de té van a transformar su jornada de oración.

Esta mañana, en el marco de nuestro retiro, el padre Mikaël (hermano trapense del monasterio de Midelt) nos habla del envío: «Jesús da a sus discípulos muy pocos detalles sobre su misión, que él resume así: ‘anunciar que el Reino de Dios está cerca’. Por el contrario, Jesús insiste en el modo en que deben ir: los discípulos deben partir despojados, con el amor de Dios como única experiencia en su equipaje. Como Jesús, la manera de conocer a la gente es pedir y aceptar la hospitalidad”.

Como de costumbre, antes de continuar con mi propia reflexión y meditación, busco lo concreto. Estos días estoy recibiendo hospitalidad de nuestros hermanos trapenses, de Omar y sus hijos, que trabajan en el monasterio y de Baha, la cocinera.

Esta mañana necesito salir para ver los rostros de las personas de este país, quienes me acogen y ofrecen hospitalidad hace tanto tiempo. Salgo del monasterio y atravieso el pueblo. Saludo algunas mujeres y niños, luego bajo hacia los campos y huertos que bordean el “oued” (curso de agua) que viene del Alto Atlas y sigo los estrechos senderos.

Al acercarme, veo a un hombre que camina a lo lejos llevando una bandeja. Se detiene ante un pequeño campo de trigo donde hay otros dos hombres. Han cortado el trigo y lo han recogido en gavillas: son muy finas y la cosecha me parece pobre: ¿cuántos panes se pueden hacer con eso? Casi he llegado hasta ellos y veo al hombre que llevaba la bandeja «preparando la mesa» al borde del campo: extiende un plástico y coloca sobre él la bandeja con la tetera, los vasos y un plato con “msemmen” (una especie de tortillas). Le saludo y enseguida me dice: «¿Quieres un vaso de té?” Me emociona esta invitación espontánea y le respondo: «¡Sí, pero yo no he trabajado como ustedes!”

Me llama: «¡Ven! He traído unos vasos de más». Acepto con alegría y heme aquí sentada con estos desconocidos que comparten todo conmigo.

Todo es tan natural y espontáneo: se sirve el primer vaso de té a cada uno e insisten en que tome «mi parte» de tortilla (¡que están absolutamente deliciosas!) Luego intercambiamos sobre varios temas: el problema del agua, la feria donde todo se ha vuelto tan caro… Estos hombres están visiblemente felices. Comprendo enseguida su secreto: simplemente viven el momento presente.

Uno de ellos dice varias veces: «Trabajar la tierra es servir a Dios«. A través de sus palabras, Dios está presente.

Hay algo de arcaico en todo: la tierra, el cielo, las gavillas de trigo, el viento, el sol, los gestos de compartir… todo es elemental y siento una perfecta armonía con la creación. Y al mismo tiempo pienso en la «mesa servida» de la que habla el Corán y en la «fiesta mesiánica» de la Biblia. Tengo la impresión de vivir un momento «divino», una «hospitalidad divina»: es un momento de acogida incondicional y de gratuidad absoluta.

Ellos son hombres, yo soy mujer… ellos son marroquíes, yo soy extranjera… ellos son musulmanes, yo soy cristiana… y ni siquiera se piensa en ello: la diferencia se acepta y ésa es la belleza de este encuentro. Lo importante es estar allí, juntos, en paz. Tras tomar un segundo vaso de té y la última de las tortillas que me han reservado, les agradezco su hospitalidad con una de las frases habituales: «Que Dios les ayude».

Luego, retomo alegremente el camino de regreso al monasterio.

Sí: ¡el Reino de Dios está cerca!

Hta. Elli Miriam